Travesía evolutiva de unos zapatos rojos

Fue la conclusión de su trayecto que me obligó a pensar en Mabel Waring. Es más, ni imaginaba poseer ese nombre en mis archivos neuronales; hacía tanto tiempo que no leía a Woolf…Pero el trago amargo de la ocasión no vestía amarillo seda. Eran sus pies, no lo que llevaba su cuerpo, lo que causaba la terrible distracción: unos muy costosos zapatos rojos. La energía que mi colega había puesto en elegirlos y comprarlos era equiparable al precio que pagó por ellos; por eso me confundió observar cómo, de repente, aquellos zapatos se convirtieron “en el único error visible” de su vestuario.

—No son del color…adecuado; debieron ser los plateados. Me tomo una copa y me voy.

Y así lo hizo. Luego de semanas de navegación por incontables tiendas en la red, de pedidos devueltos y caminatas perpetuas por los ahora casi silentes pasillos de los centros comerciales, la confusa mujer decide que la energía gastada no valió más de un trago en el esperado evento.

—¡Absurdo, otra Mabel Waring!

Creo que es posible explicar el comportamiento animal a través de la biología de la evolución. Esta área del conocimiento abarca la genética y su influencia en la conducta del individuo junto al efecto que también ejercen en este desarrollo los cambios en el medio. Y han sido el deseo y la necesidad de comprender principios y orígenes que nos han llevado de la célula al quark y a la asimilación de los mecanismos que nos conforman y, aunque sea duro admitirlo, nos dominan.

“El cuerpo es realmente una máquina programada ciegamente por sus genes egoístas”, escribió el biólogo Richard Dawkins en su libro El gen egoísta.

Igual, gracias a la posible diversidad genética, originada por la diferenciación de las células asexuales en sexuales, no todos nos comportamos igual, sin embargo, esta conducta femenina es lo suficientemente identificable como para aparecer en diferentes tiempos y regiones geográficas.

Algo similar ocurre cuando nos paseamos por el terreno de los cromosomas Y. Comportamientos varios característicos en la mayoría de los machos, parecen ubicar a los géneros en planetas distintos.

¿Suena familiar? Debería.

El romance, el sexo, la infidelidad, la obsesión y la violencia entre parejas son negocios lucrativos. Miles de programas, libros, tratamientos y teorías han sido dedicados a resolver estos eternos conflictos; el machismo y el feminismo consecuente nacen de estas diferencias y los abusos y la represión de un sexo sobre otro son todavía uno de los temas más debatidos y controversiales. Millones de cabezas pagan para que especialistas en consultorios descubran la manera en que humillaciones y traiciones varias, todas causadas por relaciones defectuosas, han arruinado sus vidas.

“El sexo femenino es explotado y la base evolucionaria fundamental para esta explotación es el hecho de que los óvulos son más grandes que los espermatozoides”, indica Dawkins.

El biólogo busca las distinciones sexuales en los gametos, el primer eslabón biológico donde es posible encontrar diferencias entre los géneros para todas las especies. “Estas células sexuales”, escribe, “son mucho más cortas y numerosas en los machos que en las hembras”. Hasta en las plantas.

Entonces, si tiene usted muchas pasas y la posibilidad de producir muchas más, es posible que le dé menos importancia a cómo disponga de este alimento que su vecino, que sólo puede producir una sandía al año. El mundo de la pareja en el reino animal evoluciona bajo estas estrategias biológicas: aquel que ponga más energía en la reproducción, lleva también la carga de la crianza. Pero algunas especies de peces, por ejemplo, se reúnen en un lugar donde ellas disparan sus huevos por todos lados y ellos su esperma. Ambos géneros abandonan el lugar y dejan que el medio y el azar se encarguen de unir sus células sexuales y que los genes y la suerte saquen la cría a camino. Reproducción externa en su máxima expresión.

Pero el mundo acuático es distinto al terrestre y este canje de medios influye en las estrategias que sirven a los animales en su proceso de evolución. De hecho, Robert Trivers propuso en 1972 que fue este cambio lo que produjo esa cruel atadura (cruel bind) de uno de los individuos al embrión.

En la hembra humana, el óvulo no sólo proporciona la mitad de los genes para crear al nuevo individuo sino que provee con habitación y comida durante nueve meses. Después de invertir toda esa energía, es sensible que ella se apegue más al cuidado de la cría y él continúe distribuyendo sus genes. Estrategias evolutivas que son esencialmente ciegas y no poseen motivo especial más que la perfección de los mecanismos para la reproducción.

Pero vayan y explíquenle eso a la amante traicionada.

Así como la religión, el amor occidental moderno produce conductas de necesidades primarias completamente desligadas hoy en día a lo que fue su función principal, como las enjutas de las que hablábamos anteriormente. ¿Por qué es esencial para mi colega y Mabel lucir perfectas?, ¿cómo se convierte una situación aparentemente banal en una obsesión?

Hace millones de años, la hembra humana inició una transformación que comenzó a dar resultados positivos. Estos animales empezaron a perder más pelo en sus rostros que los machos, sus voces permanecieron agudas, casi infantiles, las glándulas mamarias crecieron y las nalgas también; estos cambios parecían excitar las regiones visuales en el macho (cuyos cerebros, por cierto, poseen áreas visuales más grandes que las del femenino) y, por ende, promovieron la reproducción; por eso estas permutaciones permanecieron con la especie.

“Es posible que el cambio biológico que trajo el bipedalismo a la hembra homínido con relación al embarazo y el parto de un bebé al que hay que cuidar por años, pautara nuevas normas en el grupo y, principalmente, en la pareja, normas que garantizaron alimento y protección para ella y la seguridad en el macho de que el hijo que crían es realmente de él. Son explicaciones que aclararían cambios biológicos sexuales importantes en la hembra humana, como la pérdida del celo o estro, la capacidad para tener sexo aún cuando el bebé está amamantando, los orgasmos múltiples y la habilidad de los nacimientos cercanos”, escribe la antropóloga Helen Fisher en su libro El contrato sexual.

Hoy, la mujer aún busca excitar al hombre, y a su grupo social también. Nuestras complejas culturas producen normas, muchas veces absurdas, para llenar necesidades genéticas antiguas que ahora ocasionan ofusques innecesarios. Si tomamos una ruta hacia el pasado, encontraremos por el camino un sinnúmero de tendencias que, con el fin de llenar un mismo objetivo, gustar para reproducir, embarcan a los individuos en una curiosa y muchas veces atronada y compleja danza que no dista mucho de los tantas veces curiosos, divertidos y enredados bailes de apareamiento en otros miembros del reino animal.

La coquetería es una herramienta útil y su meta todos sabemos cuál es, pero en esta ocasión, el vestido amarillo de Mabel y los zapatos rojos de mi colega convierten al instrumento en una patología (ya sea debido a defectos en los genes, a represiones, abusos y carencias encontrados en el medio o a un poco de ambas cosas) y, aunque es posible abatir esos “programas” biológicos y cambiar nuestra conducta, es interesante comprender un poco por qué es tan difícil conseguirlo; no sólo luchamos contra sociedades que persiguen metas muchas veces contrarias a nuestras ideologías e idiosincrasias, sino que también estamos atados a la mezcla genética que hemos heredado.

Coqueteo e indignación con rastros de esquizofrenia

Genes + medio = tú

La explotación demográfica sobre el planeta ha producido la atmósfera perfecta para la aparición de todo tipo de conductas. La combinación genética posible de los más de seis mil millones de individuos que habitamos el globo junto a la intensa cantidad de medios y grupos diversos donde estos individuos crecen, hacen posible el nacimiento de una cantidad extraordinaria de ideas y acciones. A pesar de las distinciones individuales nacidas del infinito número de posibles combinaciones genéticas entre parejas, los humanos como especie poseemos características en común originadas de nuestro tan similar ADN, pero nuestras culturas contribuyen significativamente a ahondar las disimilitudes.

Por ejemplo, un sondeo realizado por un equipo liderado por Fisher en 166 culturas distintas en el mundo, descubrió evidencias tangibles de demostraciones de amor romántico en 147 de ellas. Para Fisher, la pasión romántica surge como una forma de garantizar exclusividad entre parejas, una muestra de interés hacia una sola persona por lo menos hasta que se consuma el acto y se copien los genes en un embrión.

No obstante, el contrato sexual que nace entre las parejas para regular el sexo y las funciones de cada uno durante la crianza, ha permutado enormemente con el paso de los siglos y de acuerdo a las culturas y religiones que lo adopten y lo moldeen.

En un notable experimento, Irenäus Eibl-Eibesfeldt, psicólogo conductista del Instituto Max Planck, en Alemania, utilizó una cámara especial diseñada para secretamente tomar fotos de lado y recorrió distintos continentes con ella. Un análisis de sus resultados reveló que el coqueteo femenino cruza fronteras y se presenta en todos lados. Y aunque sabemos bien que cada mujer tiene sus propios motivos para coquetear, el mecanismo está anclado para todas en la transmisión genética. El fin es ayudarnos a pasar nuestros genes.

Sin embargo, en una sociedad donde la reproducción se ha convertido en un problema y los avances científicos y tecnológicos sobrepasan la disponibilidad de información escrupulosa y exacta para la mayoría de la población, la situación se presta para cualquier cosa; desde abandonar un evento anhelado debido a la obsesión con un calzado inadecuado, hasta pasar tres años en prisión por lanzar tus zapatos a un individuo que consideras malvado. Cada una de esas conductas está arraigada a nuestros genes y al medio que nos crió. Está en nosotros invalidar este determinismo biológico-cultural para hacer lo correcto.

Pero es imposible cerrar la discusión cuando se trata del quehacer humano. Siempre cabrá esa temible pregunta que a lo mejor le abra nuevamente la puerta al egoísmo ciego en su subjetiva respuesta: ¿y lo correcto para quién?


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