El poder de elección dentro de un armario

Para muchas personas, el problema no es si dios existe o no, sino por qué tantas personas son religiosas. Tan sólo desde el año 2000, el 43 % de las guerras ha sido de naturaleza religiosa y si nos remontamos al pasado es peor aún: Martín Lutero solía decir que los judíos eran una “camada de víboras” y aunque el odio entre diferentes tribus evoluciona, ese que surge de creencias y dogmas se transforma en horror y muerte de inocentes cuya una única culpa es no creer ni obedecer la misma magia.

No deja de sorprender lo insidiosa que puede ser la religión. No es lo mismo cometer un crimen para comer, para proteger a los nuestros, no obstante, estamos hablando de personajes imaginarios. Si pensamos en sus orígenes, dos palabras navegan primero entre las neuronas: control y poder; pero es mucho más que eso, mucho más, especialmente por el hecho de que tenemos un planeta repleto de religiosos, creyentes empobrecidos o ajenos a cualquier ganancia a través de la religión; excepto la que le otorga el hecho de creer.

Debido a la existencia de miles de millones de personas así, otras palabras hacen su entrada, el dúo obvio en la evolución de un animal: biología y educación. Ya lo hemos escrito antes por aquí, tenemos un cerebro creyente, era necesario. De hecho, las necesidades, tanto útilmente ególatras como inútilmente inútiles, valga la redundancia, conforman algunos de los espacios en blanco de ese mapa sobre la humanidad creyente, sabemos que los seres humanos hacen cualquier cosa para sobrevivir y suplir sus necesidades, desde las más básicas hasta las insoportablemente crueles.

Albergamos creencias porque nos ayudan a sobrevivir, muchas veces necesitamos creer pues no tenemos explicación de lo que experimentamos en el momento. De hecho, el ser humano se ha pasado la mayor parte de su existencia sin saber, ni siquiera sabíamos sobre los gérmenes y su papel en las enfermedades hasta el siglo diecinueve; durante todos esos milenios, los cerebros de esta raza homínina necesitaban inferir lo que ocurría pues nadie tenía una explicación al respecto, además, muchos de los eventos que ocurrían eran realmente misteriosos, enigmáticos y, mucho más importante, podían llevarte a la muerte. Creer tiene sus ventajas, por eso hemos mantenido esa acción, por eso la vemos cambiar, adaptándose a nuestras culturas, creciendo con el conocimiento y ayudándonos en nuestras interacciones sociales.

“Formamos nuestras creencias por una variedad de razones subjetivas, personales, emocionales y psicológicas, en el contexto de ambientes creados por familiares, amigos, colegas, la cultura y la sociedad en general. Después de formar nuestras creencias entonces las defendemos, las justificamos y las racionalizamos con una serie de documentaciones intelectuales, argumentos convincentes y explicaciones racionales. Primero están las creencias, después le siguen sus explicaciones… El cerebro es el motor, a partir de datos sensoriales que fluyen de forma natural a través de los sentidos, comienza entonces a buscar y a encontrar patrones, luego infunde esos patrones con significado”, escribe Michael Shermer en su libro El cerebro creyente.

Es lo que ha sido conocido como patronicidad y agenticidad. A lo mejor ya conoces el ejemplo (he escrito de ello antes), imaginemos aquellos primeros homíninos intentando sobrevivir en ese despiadado ambiente que puede ser la naturaleza; nuestras neuronas nos proveen con la capacidad de encontrar patrones significativos en cualquier lugar (nubes, paredes, de hecho, vemos caras en todos lados), es una tendencia cuya aplicación original era la supervivencia y creer es parte de ello. Es mucho mejor echarte a correr porque pensaste ver una cara entre la maleza que no creer que haya sido una cara y quedarte tranquilo mientras la bestia te devora o el enemigo te acribilla. Así comienza el proceso de otorgar, más allá de lo básico, otros datos significativos a la alucinación, datos que nada tienen que ver con el fenómeno.

Por otro lado, tenemos que pensar que estos homíninos eran guiados, básicamente, por instintos, carecían de cualquier información más allá de lo básico para su supervivencia y reproducción; sólo el tiempo, es decir, la experiencia, les otorgaría el suficiente poder neuronal para descubrir genes y nanopartículas, para ello tendrían que pasar millones de años. Por lo tanto, aquellos primeros ancestros pensaron que los extraños fenómenos para los que no tenían explicación, a lo mejor eran el resultado del trabajo de seres superiores que se encargaban de todo el proceso; Shermer le llama agenticidad, la tendencia de otorgar intención a los patrones y asumir que un ejecutante se encarga de todo.

Eso nos puede explicar una pequeña porción de la biología de las creencias. La genética y la neurociencia, por supuesto, podrán añadir muchos detalles más, algunos de ellos aún desconocidos. La impaciencia del homínino humano, el deseo de sentirse superior tanto intelectual como físicamente, el egoísmo, el placer, la comodidad, el optimismo desmedido, la urgencia por protección, la obligación de morir y otras emociones y sentimientos forman parte de las necesidades que mantienen las creencias firmes. La cultura es uno de los pilares del aspecto educativo y ambiental de la naturaleza de las creencias, la creencia religiosa está ajustada a las sociedades. Después de la familia, la sociedad es su fiel ejecutora. Tu familia puede darte una creencia distinta a la que profesa tu sociedad, pero el grupo con el que mantengas interacción en esos primeros años de maduración también puede influenciarte. Por eso es tan difícil encontrar hoy en día, en culturas sumamente religiosas, agnósticos y ateos; son minorías e influencian minorías.

Los dioses, sin embargo, no sólo sirven para los que creen en ellos, sino para los que se han otorgado el derecho a la comunicación directa con la deidad en turno; convirtiendo el proceso sobrenatural en un negocio para nada mágico. Los conocemos bajo diferentes nombres pero es el mismo brujo o chamán de siempre, ese que pensó, “creo que me iría bien si afirmo tener una línea directa con los dioses”. Hoy, para cada religión existe una jerarquía humana que, de acuerdo con ellos mismos, tiene más cercanía con estos seres superiores e invisibles. Estas personas son el gobierno de las deidades, los mediadores entre el mundo sobrenatural y el natural, cada uno tiene su propio nombre de acuerdo con el cargo que ejerza y en el grupo que lo haga. Los cristianos tienen miles de jerarquías distintas y no todos responden a las órdenes de un líder, de la misma forma ocurre con otras creencias; el planeta completo es manejado así, creencias para controlar el sexo, la conducta, la reproducción, las donaciones y el poder.

La tribu ha crecido, la tribu sabe más, pero sigue siendo la misma tribu.

Algunos millones de años no es poco tiempo; algunos dicen siete, otros seis, a lo mejor fueron más, desde entonces, este tipo de homínido inició la secuencia hacia el humano, poblando el camino con distintos tipos de homíninos. Millones de años transitando por el planeta, aprendiendo de su naturaleza: “¿cómo explotarla para promover la supervivencia de los míos, cómo usarla para vivir mejor, qué hacer para protegerme de ese estado donde la putrefacción del animal es el término?”

Millones de años.

Aún así, en este mismo siglo, casi la mitad de las guerras ha sido originada por creencias. Ideas abstractas para las que nadie tiene evidencias, seres y monstruos sobrenaturales que no dejan rastros de su presencia por ningún lado, todavía en este siglo, individuos son perseguidos por una promesa de muerte por el sólo hecho de ‘ofender’ a una de estas deidades invisibles con su arte. En algunos lugares es imposible decir lo que piensas si es distinto a lo que piensa la sociedad, es blasfemia, así llaman al horrendo absurdo… en pleno siglo XXI.

Por eso se hizo tan famoso eso del clóset, aún cuando tu plaga es pensar distinto a los demás cuando tu crimen es ‘blasfemar ideas’. Permanecer en el armario abstracto del diferente es mucho mejor que exponerse a las críticas y el rechazo de los demás. Pero, como todo, es un arma de doble filo, el ‘armario’ te protege, protege a los tuyos, a veces a ti mismo de los tuyos, pero no hace nada a favor de la idea por la que te escondes; por el contrario, la mantiene escondida, protegiendo así a los que no la entienden ni son capaces de aceptarla y arrebatando su poder de contagiar a otros cerebros con variedad; con una forma distinta de pensar. Realmente, los armarios no protegen, sólo disminuyen la capacidad social para crecer.

La fe en la incredulidad elimina el concepto de fe

Pascal a la inversa

Hubo una ocasión en que fui creyente. Nunca fundamentalista, más bien seguía algunos pasos de la religión de mi familia y mi sociedad, el catolicismo. Atendí colegios de monjas, aprendí rezos y cantos, me confesé varias veces con el párroco de turno del colegio y luego llegaron los años adolescentes y la Nueva Era se convirtió en la nueva fase creyente. Me gustaban el Tarot, las Wiccas, el I ching y otras creencias que entonces conocía como ‘paganas’ sin entender por qué. Hasta que decidí aprender sobre energía ya que todas aquellas ramas que decía seguir se jactaban del uso de la energía; la ciencia se encargó de sacarme de aquel equivocado agujero. Pero no actuaba, más bien no sabía. Primero seguí lo que dictaban los que estaban a cargo, luego conocí otra magia existente en la sociedad (hay muchas) y más tarde hice preguntas y aprendí a valorar evidencias. Pero no actuaba. No sabía. Por ello es tan risible la apuesta de Pascal.

Y me he encontrado con versiones populares de la misma en distintos individuos. “¿Qué te pesa creer?”, me preguntan, “al final, si estás en lo cierto no pierdes nada, estará muerto y punto, sin embargo, si resulta que estás equivocado podrás recibir todos los beneficios de un creyente”.

¡Pero qué tonta deidad tienen estos creyentes! Dioses que se dejan engañar abiertamente por ateos en el clóset; deidades a las que no les importa la honestidad de estas ‘almas’ sino los ‘ratings’ y la gente en las iglesias regalando cosas, como Oprah, lo real. Eso sí que es religión de verdad, ¿no?

Actualmente, un pastor cristiano en Estados Unidos conocido como Ryan Bell ha creado su propia versión del absurdo de Pascal, asegurando que vivirá un año como ateo.

“Los que salimos del clóset como ateos tenemos problemas con la sociedad”, aseguró el pastor luego de ser despedido de la Universidad Azuza del Pacífico después que comenzara con el proyecto, la universidad, por cierto, es completamente explícita en su contrato de que la persona debe ser cristiana como condición para trabajar allí.

“Usar el lenguaje del armario hace al ateísmo un factor decisivo en la identidad, como el sexo o la raza. Sin embargo, se supone que ni la raza ni el sexo son cuestiones de elección o de consciente convicción; el ateísmo sí lo es. El mercado de Bell utiliza el lenguaje de la justicia social para proteger a los consumidores en la elección, igualmente válida, entre la fe en Dios y la fe en la incredulidad. Es una apuesta que compromete a Dios pero que es segura en el mercado”, escribe Linn Marie Tonstad, profesora de teología sistemática en la escuela de divinidad en la Universidad Yale.

Mi cerebro tiende a generar problemas con el hecho de una “fe en la incredulidad”. Especialmente por la definición de fe que conozco donde dogmas pretenden existir incambiables a pesar de las evoluciones culturales y educativas. La fe en la incredulidad elimina el concepto de fe, se convierte en un oxímoron, por naturaleza absurdo; la incredulidad es la duda hacia todo, principalmente aquello que es afirmado por la fe y no por experimentación ni evidencias, la incredulidad se opone a la fe, lo que hace imposible tener fe en ella, para creer en la incredulidad tienes que matar dogmas aún sobre la propia desconfianza.

Para mantener las distancias, el no creyente ni siquiera debe poner fe en la ciencia, la ciencia se equivoca y nos equivoca, es necesario que nos mantengamos pendientes y alertas a los negocios y las equivocadas intenciones entre las paredes científicas, estar conscientes de que cualquier nuevo descubrimiento puede alterar todo lo que conocíamos antes sobre cualquier tema. Prefiero la palabra confianza, es menos absoluta. Confío en que si envío un mensaje electrónico ahora, en menos de un minuto llegará a su destino; aunque a lo mejor se haya caído el internet en ese momento, a lo mejor otro evento impida mi afirmación, lo que no quita que la mayor parte del tiempo ocurra tal y como lo predije. Así tenemos millones de ejemplos; creemos firmemente que nuestros familiares llegarán a casa sanos y salvos; una minoría, sin embargo, vive para conocer otra experiencia más allá de lo habitual. No puedes tener fe en la vida porque la muerte es segura y anda por cualquier lugar y hora, deambular entre la mayoría te otorga numerosas salvedades… pero en cualquier momento, tampoco regresas a casa.

También puedes confiar en tus habilidades, esas que pueden impulsarte a una mejor supervivencia; pero no tengas fe en ellas o podría equivaler a lo mismo que no trabajar por lo que deseas. Gente muere a pesar de las cadenas de oración que se activan para salvarlos. Cuando mueren, muchos dicen: “fue la decisión de dios”, entonces, si fue su decisión y existe un destino que la deidad forja, ¿de qué valen los rezos? ¿Se vale decir que es posible cambiar la opinión de un ser absolutamente benévolo y conocedor de los universos y más allá? ¿Es posible que tu opinión sea la correcta y no la opinión de la deidad? Si no lo es, entonces, ¿para qué rezas?

Las contradicciones son el pan nuestro de cada día en todas las religiones. La mayoría de los creyentes ni siquiera viven como les ordenan sus libros sagrados, algunas religiones inventan formas para perdonar lo que ellos mismos prohibieron con el fin de controlar un poco el ‘salvajismo humano’. Algunos afirman que sin las religiones seríamos incapaces de vivir tranquilamente y estaríamos matándonos constantemente; pero mira los números, lee la historia, llevamos siglos matándonos entre nosotros porque tenemos creencias distintas y aunque la paz es una parte esencial de algunas religiones, la violencia, la opresión y el miedo corroen a la mayoría.

Cuando mis críticos sentidos femeninos conocieron los consejos en la biblia la primera reacción fue correr, alejarme resueltamente de aquella masacre a la hembra de la raza. Años después regresé para escribir sobre ella, para que otras personas tengan la oportunidad de ir más allá de las miles de interpretaciones, todas basadas en la fe, del vetusto libro cristiano.

Pero es por eso, precisamente, que hace mucho tiempo no me fio de la fe.


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