¿Por qué Dios no sana a los amputados?

originalmente publicado en el blog “Confesiones” del diario El Tiempo

El profeta que tuviere la presunción de hablar palabra en mi nombre, a quien yo no le haya mandado hablar, o que hablare en nombre de dioses ajenos, el tal profeta morirá. Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado? si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él”.

—Deuteronomio 18,20ss

Una característica superficialmente impresionante de los movimientos evangélicos de tintes pentecostales, son las “curaciones milagrosas” que ocurren en sus congregaciones. Un ejemplo de esto lo vemos en el conocidísimo pastor Ricardo Rodríguez del programa dominical matutino de “Avivamiento”. Sus soporíferos discursos acompañados de chillidos premeditados de alabanza para despertar al dormido y enardecer a sus ovejas, son intercalados con numerosos “testimonios” chambones de sanación.

Que a fulanita se le desapareció un cáncer, que peranito dejó su silla de ruedas, que menganito volvió a oír… Toda esta feria de milagros altamente filtrados (para ocultar los que no se curan) y episódicos (sin seguimiento a los “sanados” para no mostrar las recaídas) son tomados por los televidentes crédulos como la señal de la acción de Dios sobre esas congregaciones de fe. La oración todo lo puede.

Ante el avance de estas sectas protestantes, la iglesia católica no se podía quedar atrás. Surgió en sus filas el movimiento de la “Renovación Carismática”, con “milagros” indistinguibles de los evangélicos: los mismos balbuceos en “lenguas”, los mismos actos de hipnosis que caracterizan a Benny Hinn, los mismos exorcismos de personas con algún grado de sugestibilidad o de histeria clínica, y por supuesto… los mismos milagros “asombrosos” de personas que dejan sus bastones, muletas, y sillas de ruedas.

La creencia en la efectividad de la oración tiene sustento bíblico. El mismísimo “Mesías” de los cristianos (pseudoprofeta fracasado para los Judíos), dio sus enseñanzas en varios pasajes de la Escritura.

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7, 7ss)

Este texto es explícito: “Todo aquél que pide recibe”. No dice “Algunos de los que piden reciben”; dice claramente “Todo aquél que pide”. Quien quite este “todo” emitido supuestamente por Jesucristo, le estaría quitando una palabra a la Biblia para manipular su significado. En este texto, independiente de quién lo haga y qué solicite, “Todo aquél que pide, recibe”.

Las enseñanzas de Jesús sobre el poder de la oración, son tremendas. Si fueran ciertas, las consecuencias para la “orografía”, los cartógrafos y las asociaciones geográficas mundiales serían aterradoras:

“(…)de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”. (Mateo 17, 20)

Jesús no dice aquí que si se tuviera fe como un grano de mostaza, algunas cosas serían posibles y otras no. Dice claramente “nada os será imposible”. Sobra señalar que el símil con el grano de mostaza se refería a una fe minúscula. Esta enseñanza la reiteró después de hacer secar una higuera por no dar fruto fuera de temporada:

“Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. (Marcos 11,22ss)

El absolutismo, la exageración del Nazareno hacia el creyente es irrefutable: cualquiera (no algunos) de los que le dijeran a un monte que se echara al mar, si no dudaran, lo lograrían. Todo (no sólo algunas cosas) de lo que pidieran orando y creyendo, les vendrá. No hay absolutamente ninguna matización: referirse a que las peticiones deberían ser espirituales no sólo es una mentira agregada a la Biblia para manipular su contenido; sería una franca violación al contexto que se refiere a gigantescos objetos inanimados que se arrojan al mar, y a plantas que se secan ante una divina cólera del Nazareno.

En Juan, la promesa es tremenda:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”. (Juan 14, 12-14)

Aquí, el Nazareno reconoce sin matizacion alguna que el que crea en él (sin importar cuán débil sea su fe), hará obras mayores que Él mismo. Podemos recordar sólo algunas: calmar tempestades, hacer secar árboles a voluntad, resucitar cadáveres, caminar sobre el agua, violar la ley de la conservación de la masa (pescados y panes), tranformar agua en alcohol, etc. Todos estos milagros y en realidad todo lo que se le pidiera al Padre en nombre de Jesús, sin matización alguna, sería concedido. El mundo debería estar repleto de portentos asombrosos hechos por cualquiera que creyera en Jesús, si hubiéramos de tomar en serio sus palabras.

La siguiente enseñanza del Nazareno nos permite evaluar cuán veraces eran sus palabras.

“Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mateo 18,19-20)

Este texto vuelve a ser explícito: si dos creyentes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa que pidieren, el Padre lo hará.

Éste es el resumen de las enseñanzas de Jesús sobre el poder de la oración:

  • Basta tener una fe pequeña como grano de mostaza para que absolutamente nada resulte imposible.
  • Absolutamente todo el que pide recibe.
  • Quienquiera que pida cualquier cosa en absoluto, creyendo en su corazón que le ha sido dada, la recibirá.
  • El que cree en Jesús, recibirá milagros superiores a los de él; absolutamente todo lo que pida, se le concederá.
  • Bastan dos cristianos que pidan cualquier cosa en conjunto, y su petición será realizada por Dios.

No hay que tener dos dedos de frente para ver que cada afirmación dada por Jesús sobre el poder de la oración es una mentira patética y ridícula.

Comencemos con algo simple. ¿Por qué ningún clérigo cristiano nunca ora por restaurar milagrosamente un brazo perdido o una pierna amputada de un creyente, sea pastor evangélico, cura católico o pope ortodoxo? ¿Es esa la forma de recibir el don dado por el mismísimo Jesucristo de realizar milagros superiores a los suyos? ¿Por qué Ricardo Rodríguez, por ejemplo, filtra a los “testimonios” de sanación tan selectivamente, y no muestra los fieles que oran por una curación y no se les concede?

La disculpa patética de estos pastores mercaderes de milagros de que “el enfermo no tuvo fe”, es una farsa. Jesús promete a cualquier persona (como el pastor) que cualquier cosa (como la sanación de un tercero sin fe), le sería concedida, si el pastor tuviera una fe minúscula en Cristo.

La percepción aguda que tuvo Anatole France de esta charada cristiana, quedó inmortalizada en su comentario al visitar el santuario de Lourdes: cuando le señalaron la cantidad de exvotos y muletas entregadas en el altar por supuestos curados, respondió “curioso. ¡Ni una sola pata de palo!”.

Las curaciones milagrosas del cristianismo, que deberían darse a granel, sólo son unas cuantas enfermedades psicosomáticas, o algunos estados patológicos que se pueden sanar espontáneamente en otras religiones e incluso en los ateos (como algunos tipos de cáncer). El que nunca se dé un verdadero milagro de reconstrucción de una pierna o un brazo amputado, habla muy mal de la “omnipotencia divina”, y de los cumplimientos de las promesas de señales milagrosas que el Nazareno hizo a sus fieles. Estas señales dan grima, si pensamos en lo que podría hacer un dios verdaderamente omnipotente que hubiera prometido ilimitados milagros físicos a sus seguidores.

Los creyentes alelados saldrán con la típica respuesta de cajón: “No tentarás al Señor tu Dios”. Esta respuesta es tan descontextualizada y estúpida, como maravillosas serían las señales que harían los cristianos si las palabras de Jesús fueran ciertas: nadie está pidiéndole a Dios que se postre ante los humanos y los adore, que era lo que Satán le pedía a Jesús cuando emitió la frase de marras. Lo único que se está haciendo es solicitar el cumplimiento de una promesa de Dios; que todo el que tenga una fe minúscula y pida cualquier cosa en compañía de otro creyente, en nombre de Jesús, verá cumplida su petición.

Muchos creyentes argumentarán que estas peticiones solo podrán referirse a deseos altruistas, o de profunda necesidad; no cualquier petición gratuita e insulsa. Aunque las palabras de Jesús muestran todo lo contrario, podemos conceder temporalmente y mostrar cuán vana resulta esta excusa.

Se podría pedir a Dios, en nombre de Jesús, en cualquier congregación cristiana donde haya más de dos fieles al mismo tiempo, que se curen inmediata e instantáneamente todos los cánceres del planeta. Esta oración sería altruísta (el par de creyentes no pediría nada para ellos), sería honesta (todas las personas medianamente éticas anhelamos que quienes sufren una enfermedad se alivien). Más aún, esta sería una forma maravillosa de que el Padre se glorifique en el hijo: que el pastor chillón Ricardo Rodriguez dedicara una jornada televisiva de su iglesia a una oración pública para la curación instantánea de todos los cánceres del mundo, en nombre de Cristo.

Este milagro, por asombroso que pueda parecer, sería una tontería risible e insulsa para cualquier Dios verdaderamente omnipotente que prometiera el cumplimiento de “cualquier cosa que se pidiera” por parte de “fieles con una fe como un grano de mostaza”. ¿Por qué ningún clérigo hace ésto? Porque en el fondo son hipócritas y saben que esto no sucederá: volverán a esgrimir el argumento estúpido de “No tentarás al Señor tu Dios”, a pesar de que sea una petición altruista, desinteresada, sincera, esperable de un ser omnipotente, cuyo cumplimiento habría sido prometido por el mismísimo Dios humanado, y que sería para Gloria del Padre a través del Hijo.

Sobra decir que ningún pastor se prestará para esto… ellos saben que no sucederá; saben que ningún dios, ni siquiera el todopoderoso Vishú, cumpliría esa promesa… el dios en el que creen es pequeño, mezquino, que no cumple lo que promete a través de su supuesto “Hijo”. No quieren quedar en ridículo y por tanto jamás lo harán, a pesar de que no haya impedimento teológico alguno en hacer esta petición y en esperar su cumplimiento absoluto.

Pero durante las últimas décadas del cristianismo se ha realizado un experimento inconsciente por miles de sacerdotes y millones de creyentes. Durante décadas, en cada misa dominical se ha hecho en el culto una petición honesta, sincera, altruista, hecha en nombre de Cristo, y que glorificaría al Padre en él. Es la petición por la paz del mundo. Durante casi medio siglo, si no es más, todos los creyentes reunidos en la iglesia han pedido al Padre que otorgue por fin la paz tan anhelada a todo el planeta.

¿Cuál ha sido el resultado de este experimento inconsciente? Que las oraciones de toda la iglesia unida durante tanto tiempo por una sola cosa, han sido ignoradas olímpicamente por el Dios de los Cristianos. No sólo las guerras se han agravado, sino que han llegado al extremo de deshumanización, en la cual un presidente cristiano metodista detona dos bombas atómicas sobre población civil, vaporizando en el acto a miles de personas, y dejando en un suplicio inenarrable a los supervivientes de semejante baño radiactivo.

Jesús dijo que bastaban dos creyentes en acuerdo, orando con fe, para que Dios diera cualquier señal, por imposible que pudiera parecer. En contraste, tenemos millones de creyentes orando a lo largo de más de medio siglo con fe, congregados en sus iglesias cada semana, pidiendo para que haya paz en el mundo… Y Dios ha hecho caso omiso de esta petición sincera, y altruista. Esta realidad pone en sus justas proporciones la ridiculez enseñada por el Nazareno.

Una última justificación de los creyentes ante semejantes chistes religiosos y tal desdén del “Padre”, es que Dios es soberano. Que nosotros podemos pedir pero Él es quien dispone. Si no desea darnos algo, no importa cuánto lo pidamos, no lo obtendremos.

Esta justificación es el punto más bajo de irracionalidad al que podría llegar un creyente. Si Dios es soberano y tiene en mente negar peticiones de sus hijos, entonces sería un mentiroso si les prometiera que quienquiera que pida cualquier cosa en nombre de Cristo, la obtendría. Si promete cumplir todas las peticiones, sabiendo de antemano que negará millones de ellas, entonces Dios sería un farsante insensible, sería el verdadero Padre de la Mentira: habría prometido lo que de antemano sabía que no iba a cumplir.

Es un hecho: si hemos de creer a los evangelios, Jesús enseñó mentiras evidentes sobre el poder de la oración. La práctica cristiana lo demuestra. No bastan esos dudosos testimonios de mercaderes de milagros más interesados en los millones que se sacan de las ofrendas y diezmos de sus borregos, que en la verdad y la salud de sus fieles. Si las enseñanzas de Jesús sobre el poder de la oración fueran ciertas, estaríamos en otro mundo muy, muy distinto.

Si creemos a la Biblia, Jesús prometió cosas que no cumplió. Deuteronomio 18 nos enseña claramente el título que deben recibir los profetas que prometen algo en nombre de Dios, y que no lo cumplen: son falsos profetas, malditos de Dios, condenados a la muerte. Y Deuteronomio es claro sobre cómo reconocer a un maldito de Dios:

“Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad.” (Deuteronomio 21,22ss )

Si estas enseñanzas fueran realmente de Jesús, no asombraría que Yahvé hubiera cumplido sus amenazas y lo hubiera castigado con muerte en cruz. Y ante semejante destino de su líder, rechazado por la divinidad, serían perfectamente comprensibles los rocambolescos esfuerzos de sus seguidores primitivos para inventarse “resurrecciones”, “partos virginales”, redactar pasajes seudobiográficos para dar apariencia de “cumplimiento de profecías”, y la sarta de milagros de fábula que pueblan los evangelios, con lo que pretendieron elevar a la categoría de Mesías a quien no fue más que un falso profeta.

Notas:

[1] Artículo inspirado en el excelente sitio en inglés: http://whywontgodhealamputees.com

Hernán Toro es ingeniero electrónico, especialista en didáctica de la ciencia, docente universitario en el área de matemáticas para ingeniería. Es fundador y miembro del comité editorial de Escépticos Colombia.


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