Elena G. de White: ¿Profeta de Dios o epiléptica de lóbulo temporal? - Parte 5: Resumen y conclusión del estudio sobre la importancia en la herida en la cabeza de la señora Elena G. de White

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Nota del editor de Sindioses.org

La postura presentada por el doctor Couperus, miembro de la Iglesia Adventista, es descubir la realidad fenomenológica de las visiones y las actitudes hipermoralistas, impositivas y de plagio de la señora Elena G. de White a la luz de la neurología, en especial de la epileptolgía y documentos de la denominación, haciendo un llamado a los lideres de esta Iglesia que se empeñan en hacer ver sus visiones y escritos como verdad incuestionable dada por Dios. Como humanista secular considero que el empeño del doctor Couperus es honesto y valiente, y nos sirve para ilustrar como en el seno de las religiones reveladas se pueden esconder realidades fisiológicas y psicológicas más profundas que las que sus seguidores admiten, además que nos muestra, una vez más, que en la cúpula de las religiones organizadas existen grandes esfuerzos por mantener algunas cosas ocultas que refutaran su pretención de “religión verdadera”.

Las experiencias visionarias de Elena G. de White y sus características conductuales han sido examinadas desde la perspectiva del conocimiento clínico contemporáneo. De este examen general pueden derivarse las siguientes conclusiones:

  1. Elena era una muchacha normal y saludable, tanto física como emocionalmente, hasta que, a la edad de nueve años, fue golpeada por una piedra en el área nasal del rostro. Estuvo inconsciente por tres semanas, lo que indicaba una severa lesión cerebral; fue incapaz de recordar nada acerca del accidente o su secuela. El tipo y la ubicación de la herida en la cabeza, y el resultante período de inconsciencia y amnesia, hizo probable que ultimadamente desarrollará ataques epilépticos.
  2. Sus sueños y visiones comenzaron cuando tenía quince años, como seis años después del accidente, y continuaron durante toda su vida. Cuando las experiencias de visiones de Elena se comparan con los ataques de la epilepsia de lóbulo temporal, se encuentra que son típicos de los ataques complejos parciales.
  3. Después de esto, sus rasgos conductuales se compararon con los de epilépticos de lóbulo temporal y se encontró que eran similares. También se discutió el auto-confesado impulso compulsivo de Elena de escribir, culminando en una producción total que pocos han igualado. El hábito de Elena de tomar prestado material libremente de otros autores sin darles el merecido crédito es también quizás parcialmente explicable por este impulso intenso de escribir (hipergrafía) y por su propia y limitada educación formal, que terminó con el tercer grado. El tomar material prestado le permitió incluir en sus libros lo que ella misma era incapaz de producir. Sin embargo, decir que ella no sabía que las fuentes literarias debían ser reconocidas parece difícil de sustentar, puesto que algunos de los autores de los cuales ella tomó material prestado aun desde sus primeros escritos fueron muy meticulosos al indicar sus fuentes con cada cita. Esto se veía claramente en las obras de J. N. Andrews, del cual ella tomó material prestado temprano en su vida.
  4. Elena tenía otro rasgo epiléptico que es muy visible aún hoy en sus escritos, y estaba también presente en su habla - a saber, la tendencia a permanecer como adherida a una palabra, una frase, o un pensamiento, y repetirlas en sucesión - una viscosidad. Esto es más notable donde se repiten palabras sueltas, como la oración atribuida a Cristo: “mi sangre, padre, mi sangre, mi sangre” o cuando al ángel se le hace decir: “nunca, nunca, nunca”; o donde ella dice “escribir, escribir, escribir, escribir.” O “¡Oscuro!, ¡Oscuro!, ¡Todo oscuro!, ¡Tan oscuro!” O “Todo, todo, todo es de Dios.” Este reiteración aparece en casi todos los escritos de Elena de una manera u otra, como ocurre en los escritos de otros epilépticos de lóbulo temporal. Como hemos mostrado, la edición de los escritos posteriores de Elena hizo desaparecer muchas de estas repeticiones, pero no todas. De lo más notable era su uso de las palabras “Yo vi,” donde a veces cada oración comenzaba con esta introducción repetitiva.
  5. Sus escritos y su habla tenían otras características en común con esta forma de epilepsia, tales como la falta de sentido del humor, la sobriedad, la sospecha acerca de los motivos de otros, la pesadez, la hipermoralidad, y la hipereticidad. Sus escritos incluyen largos relatos de las faltas y fracasos de otros, y sobreinterpretaciones de las acciones y las palabras de otros miembros de iglesia, acompañadas de condenación. Con esto iba también un sentido de la gran importancia de su propia obra y mensajes y de las terribles consecuencias de ignorar sus consejos. Sus demandas hiperéticas incluían requisitos tales como que los niños no jugaran en sábado, el uso de ciertos tipos de indumentaria, y prohibiciones contra el tennis, el béisbol, el cricket, y las bicicletas. Tales características del pensamiento y el juicio de Elena, probablemente atribuíbles a las consecuencias de su herida en la cabeza, han sido incomprensibles y causado alejamiento en los miembros de su iglesia. Una reciente expresión de esta preocupación repite lo que muchos han dicho antes:

¿… cuánto del cinismo y la pérdida de fe que vemos en la iglesia hoy día podría haberse evitado si, a través de la historia de la denominación, hubiera habido un poco más de confianza en la capacidad de los miembros para manejar la verdad acerca de la naturaleza de la inspiración y la obra de Elena G. de White?

Revelar más de la verdad más temprano sin duda habría causado algún dolor, pero ¿no habría sido eso preferible al trastorno que significa forzar la revelación de la verdad en una atmósfera de disentimiento mordaz? Y, en lugar de eso, ¿no podrían muchos que hoy están desilusionados tener una fe fuerte en el don de Elena G. de White y receptividad para sus mensajes, si hubiese habido una mayor apertura? Por supuesto, el punto no es retorcerse las manos acerca del pasado. Ni lo es lanzar desprecio sobre concienzudos dirigentes eclesiásticos que hicieron lo que pensaron que era lo mejor. La pregunta es: ¿Verá una lección en todo esto la iglesia de hoy día?” [1]

En 1977, Paul B. Ricchiuti escribió lo siguiente:

Pero, al transcurrir el siglo que comenzó en 1900, una extraña clase de irrealidad la rodeó, levantándola y colocándola fuera del alcance de los otros creyentes. El nombre de ‘Elena G. de White’ se convirtió en un misterio, porque la gente no podía identificarse con ella como persona viviente. Para ellos, Elena G. de White se había convertido en una institución, y rápidamente se estaba convirtiendo en una leyenda. Dándose cuenta de esto ella misma, no pudo detenerlo, por mucho que lo intentara. Así, gente bien intencionada pero confundida corrió un oscuro velo en frente de la verdadera Elena G. de White. Y cuando lo hacían a un lado de tiempo en tiempo, “la Hermana White” aparecía sentada como la estatua de un santo, libro en mano, fuego condenatorio de Dios en sus ojos.

Hoy la leyenda puede describirse en cuatro palabras. Y esas cuatro palabras se han convertido en “el látigo” [woodshed rod] en manos de innumerables padres y maestros en la Iglesia Adventista.

Así, la frase ‘la hermana White dice’ ha encendido innumerables hogueras de resentimiento en los corazones de Adventistas, especialmente entre los jóvenes. Este desastre es en realidad una herramienta muy efectiva, inventada por Satanás mismo, para destruir la iglesia desde adentro.

La obra y las palabras de Elena G. de White, sus escritos, y sus acciones han sido todos usados como látigos y garrotes sobre las cabezas de viejos y jóvenes por igual.” [2]

Ha habido discusiones y crisis periódicas acerca de la importancia, la posición, y la autoridad de Elena en la iglesia; y esto ha continuado hasta el presente. En todos sus escritos, Elena probablemente trató de presentar lo que ella creía que era verdadero y exaltador, pero todavía estaba escribiendo como epiléptica de lóbulo temporal con una muy limitada educación y como una niña de su tiempo.

Hubo cosas que Elena escribió que reflejan esto claramente, tales como sus afirmaciones de que el comer puerco causa lepra, que los terremotos son causados por carbón y petróleo subterráneos que arden, que el llevar pelucas causa locura, o que la amalgama de hombres y bestias puede verse en ciertas razas de hombres. [3]

Cuando miramos la vida y la obra de Elena G. de White, el problema no ocurre tanto con lo que ella dijo o escribió, sino con la autoridad que ella reclamaba e implicaba, así como la autoridad que otros le atribuyen. Elena creía que Dios le había dado una obra especial que llevar a cabo en la tierra, una obra que Él no le había dado a nadie más; ella era una mensajera especial. Sin duda, esto fue la base de su creencia en su autoridad especial. Si Elena sufrió de epilepsia de lóbulo temporal, con sus ataques y conducta alterada, esto no significa que todo lo que dijo o escribió es por lo tanto sin valor. Esto no implica, sin embargo, que lo que ella dijo no es verdad porque ella lo dijo, sino que podría ser cierto, basado en otra evidencia diferente de sus simples afirmaciones. También implica que algo de lo Elena escribió podría ser incorrecto. Luego, tal integridad intelectual requeriría que los escritos de Elena fueran críticamente juzgados por la evidencia disponible.

Mucho de lo que Elena o sus secretarias escribieron o tomaron prestado era hermoso y espiritualmente elevador, no importa quién lo escribiera. Es también claro que algo de lo que salió de la pluma de Elena era cuestionable o erróneo, como podría ocurrir con cualquier autor. Concederle a Elena la autoridad intrínseca que fue rechazada por los primeros dirigentes de su iglesia no se justifica y es peligroso para el estudio y la progresiva comprensión, por parte de los Adventistas del Séptimo Día, de la doctrina cristiana y el conocimiento en general.

La Conferencia Bíblica de 1919 parecía prometer una actitud más realista y honesta hacia Elena G. de White y su obra. [4] Si a esta franqueza y a este estudio se le hubiera permitido continuar, probablemente la principal crítica por parte de otras iglesias cristianas de que la Iglesia Adventista del Séptimo Día hizo una especial adición a las Escrituras —a saber, los escritos de Elena G. de White— se habría evitado.

Entonces, ¿quién era Elena G. de White? Ciertamente fue una mujer notable y una devota cristiana. Se dice que Dudley Canright, uno de sus críticos más severos, dijo durante el funeral que ella era “una mujer de lo más piadosa”.

Aunque los trances de Elena probablemente no eran la clase de visiones que ella creía que eran, ella claramente era una persona de visión. Ella concibió instituciones médicas, escuelas, y editoriales en varios lugares alrededor del mundo; propuso cambios de largo alcance en la organización denominacional; y demostró a veces una gran visión de la misión de su iglesia. Ella abogaba por el cuidado de la salud y la educación avanzada para su pueblo. Y, sin embargo, sería difícil comprender correctamente a Elena y lo que ella escribió, a menos que uno reconociera la presencia de la epilepsia de lóbulo temporal de la cual ella aparentemente sufrió durante toda su vida adulta, y que tan marcadamente influyó en su pensamiento, sus escritos, y su conducta.

Referencias:

[1] Collegiate Quarterly (Boise, Idaho: Pacific Press Publishing Association, July-September 1984), 102.
[2] Paul B. Ricchiuti, Ellen (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1977), 112-113, 135-139.
[3] E. G. White, Patriarchs and Prophets (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1890) 108-109; idem, Spiritual Gifts 3:79-83; idem, 4:124.
[4] M. Couperus, “The Bible Conference of 1919,” Spectrum 10 no. 1 (1979); 23-57.
[5] Loughborough, Rise and Progress of Seventh-day Adventism.

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