Decapitemos a Cupido: un vistazo escéptico a la conducta amorosa

Voy atropellar al amor. Están avisados. En los próximos párrafos pretendo poner bajo la lupa sus malos hábitos, sacar a la luz sus horrendos crímenes y resaltar sus denigrantes emociones. Es lo justo. Otra vez andamos en ese empalagoso mes y fieles a quién sabe qué tantos disparates, nos disponemos como programables y primitivos androides a visitar las tiendas del mundo para procurarle un regalito a la pareja. A esa misma persona que representativamente podría convertirse en nuestro agresor o asesino. Sí, ya sé, pero inicié con una advertencia.

Hace tiempo que lo vengo estudiando, el amor se parece mucho a las creencias sobrenaturales pues ambos originan percepciones irracionales sobre características particulares que básicamente no tienen que ver con la realidad. Pero el amor tiene un objetivo mucho más importante que la religión: la crianza de los hijos. Es probable que el enamoramiento entre parejas se haya desarrollado del placer sexual que promueve la reproducción, como una forma de unir a papá y mamá para que se encarguen juntos de asegurar que la cría sobreviva. En el reino animal podemos observar distintas experiencias reproductoras. Desde los que deciden criar juntos a sus hijos hasta aquellos que se marchan luego de expulsar sus óvulos y esperma, dejando al azar tanto la reproducción como el futuro de las crías. Nosotros, por supuesto, con nuestros engrandecidos cerebros, teníamos que desarrollar estrategias ridículamente complicadas.

Hoy el amor es de todo, incluso un gigantesco negocio. Los defensores de la pasión que inspira Cupido apuntarán, como siempre, a las gloriosas creaciones en todas las ramas, especialmente las artísticas, provocadas por el amor. La devoción como estimulante; como la más poderosa musa humana capaz de impulsarnos en una danza común al ritmo del mismo desquiciado tambor, un baile que recorre caminos cerebrales que admiten una arriesgada oscilación entre el éxtasis divino del enamorado hasta la amarga y violenta locura del desamor…la amistad es mucho más estable.

Las variables que han moldeado al amor moderno son abundantes. En esa relación inquebrantable entre la biología y el medio, es preciso revisar tanto las rutas favorecidas por las civilizaciones del pasado en la creación de memes que promovieron tal o cual visión del enamoramiento, así como los recorridos neurológicos y genéticos que hacen posible nuestra disposición biológica hacia esas ideas.

La antropóloga Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, le ha dedicado gran parte de su vida profesional al estudio del amor entre parejas, tanto en los comienzos de lo que ella llama el contrato sexual con los consecuentes cambios biológicos, estructurales y sociales que ocurrieron al abandonar el mundo de las lianas, hasta los complejos aspectos neurológicos del enamoramiento en el presente. Hoy, precisamente, le echamos gran parte de la culpa al cerebro. Para completar el desarrollo de este órgano grande, complejo y glotón, los seres humanos hemos tenido que sacrificar otras empresas con el fin de criar niños que no pueden ser abandonados a su suerte por lo menos durante sus primeros diez años y, aún así, las probabilidades de que sobrevivan a esta edad sin un adulto que los proteja son bastante bajas y dependen, por supuesto, del medio donde tengan que desenvolverse.

El cerebro humano continúa cambiando y formando conexiones nuevas durante toda la adolescencia y esta formidable producción que significa hoy criar un hijo hasta su adultez ha transformado la noción del amor entre parejas, indudablemente incomparable a la que tenía, por ejemplo, aquella antepasada australopitecina conocida como Lucy.

En la actualidad, la mayoría de los grandes amores se pierde el respeto en las cortes de justicia del mundo. Con nuestra retorcida visión característica, hemos atado estas emociones que conocemos como amor a reglas arbitrarias y la unión de esas normas irrazonables con nuestra compleja biología y situación individual ha dado como resultado un caos global que deja muy mal parado al gordito alado y sus flechas dopamínicas. Suecia, por ejemplo, es el país con el más alto porcentaje de divorcios, un poco más de la mitad de los matrimonios se separa, mientras que en la India tan sólo un poco más de un 1 por ciento lo hace. Aunque el amor nos contagie a todos por igual, las culturas manufacturan los disfraces que usaremos para amar, fingir amor o romper o no con todos sus contratos.

Y aquel que aún tenga dudas sobre la base biológica del amor, realmente no se ha percatado de un millón de detalles. No importa dónde se encuentre, si está enamorado es posible que se sienta igual a los miles de millones de personas que dicen estarlo también. Como la gripe, presentará síntomas muy similares y es viable que sea infectado varias veces en su vida. Será sobrecogido, además, por las mismas canciones, poemas e historias, percibirá al mundo de “otro color”, el objeto de su amor le parecerá la persona perfecta con quien compartir el resto de sus días y tener hijitos (la meta genética de todo el lío, en realidad), pensará que la conoce desde siempre, confiará ciegamente en esta su “otra mitad” y sólo sus amigos y familiares distinguirán las diferencias entre ese mundo ilusorio que los neurotransmisores han creado para su placer y la un poco más cruda realidad. No debe sorprendernos que la pasión entre dos personas caduque, es imposible pensar racionalmente y avanzar en ese estado.

Por supuesto, las reacciones hacia el amor varían de acuerdo al individuo. No sólo la cultura y el bombardeo publicitario de la época nos moldean, también la relación con las personas que nos criaron y la combinación exacta de nuestros genomas aportan más que un granito de arena. No todos nos suicidamos al terminar una relación ni optamos por asesinar a nuestra pareja si nos abandona, no existiríamos si fuese así. Sin embargo, sufrir por amor es tan popular como enamorarse (a veces más, si es usted fanático de telenovelas y canciones de despecho) y un porcentaje significativo de la humanidad recurre a la violencia pasional en sus distintos grados; de hecho, estadísticas varias apuntan que una de cada tres mujeres ha experimentado algún tipo de abuso en manos de su pareja, y las víctimas no son siempre femeninas, más aún, este tipo de violencia también ocurre entre parejas del mismo sexo.

Fenomenalmente, la ciencia de la neurología ha logrado determinar los caminos que toma esta horrible alternativa. Fisher trabajó en uno de los estudios que corroboró estos resultados: el odio y el amor comparten algunos circuitos cerebrales. Como en una “atracción fatal”, comenzamos creyéndonos que somos el uno para el otro y terminamos hirviendo al conejito de la niña. El amor no correspondido genera emocionas aberrantes, es entonces cuando el gordito alado se convierte en el verdoso Hulk.

Semana tras semana, varios ejemplos de “Hulkpido” desfilan en los titulares de los periódicos del mundo. Crímenes pasionales llevados a cabo por cerebros obsesionados por un amor que arrastra, en su imparable violencia, hasta a su propia descendencia. Actos que son productos de esa pasión que tanto defendemos porque, como una droga poderosa, es capaz de hacernos sentir como reyes en tiempos de paz y fortuna. Escribí una vez que si llegara a existir una vacuna contra los efectos de Cupido la tomaría, así como con las religiones, hay que arreglar muchas cosas sobre el amor. A lo mejor sería posible desarrollar una droga que nos permita sentir sus exquisitos efectos sin tener que padecer el dolor de la ruptura o lidiar con la pasión que se disipa con el paso del tiempo y ese deseo de buscar entonces algo más con que suplantarla. O a lo mejor desarrollar una técnica correctiva que nos ofrezca los anhelados finales felices que nos prometen los cuentos de hadas y las películas de Julia Roberts. Aunque es precisamente por eso que estamos como estamos…por andar como idiotas creyendo ficciones quiméricas de cuentos de hadas.

Merodear entre flechados es perjudicial para su paciencia

El odioso y necio enamorado

A un enamorado sólo lo entiende otro enamorado (o su psicólogo o psiquiatra). Ese estado mental goza de un lenguaje propio y de normas especiales. De hecho, merodear entre flechados puede ser perjudicial para su paciencia.

La mujer, como es bien sabido, conoce con exactitud el momento en que caduca la fecha de su posible matrimonio. Si no se ha casado para tal edad (variables regurgitadas por curas, pastores, tíos, primas y vecinos que creen disponer de las reglas por las cuales debe usted regir su vida), estará entonces condenada a una larga y triste vida de solterona; tenga en cuenta que en el mundo actual a George Clooney le quedan bien las canas y la soltería, a Nicole Kidman no. De hecho, la escritora estadounidense Lori Gottlieb ha provocado tanto críticas como elogios con su libro Cásate con él (Marry Him) donde urge a las mujeres a dejar de buscar al hombre perfecto y conformarse con el que está a mano, aunque no lo ame apasionadamente.

Muchos perciben esta frialdad como una anomalía, una empresa vacía y sin sentido que sólo sociedades primitivas todavía usan y permiten.

Pero la alternativa no es tan aconsejable tampoco. Continuamos obsesionados con el amor perfecto, un escenario donde, para muchos, ni siquiera es la pareja la protagonista sino los detalles a su alrededor. Se necesitarán siglos para desprogramar y reprogramar los circuitos cerebrales actuales de la cantidad de horrendos memes sobre amar con que nos han envenenado. También necesitaremos de una vacuna o cualquier otra droga que nos condicione a encontrar esas emociones que causa el amor entre parejas, pero en otro lado.

Además, hay que tener en cuenta que las miles de iglesias en el mundo y sus religiones también han anunciado poseer las normas de lo que debe y no debe usted hacer con sus relaciones amorosas. Extraordinariamente, ellos saben qué puede hacerlo feliz y qué no. Por suerte, el progreso y varias revoluciones del pensamiento humano vinieron a salvarnos de normas injustas creadas para esclavizar a hombres y mujeres por igual; aún así, ni el Chapulín Colorado puede salvarnos de las flechas del enano con alas y arco; nada puede detener nuestra biología y, cuando ese beso despierta los consabidos circuitos neuronales, la razón y la lógica abandonan el barco y el cerebro se convierte en un alegre y colorido arbolito iluminado por dopamina, serotonina y adrenalina. Y eso es sólo el comienzo, ni hablar de cuando empieza a liberar la oxitocina.

Morir o matar por un corazón roto o abandonar familiares y amigos para seguir a un amor no son características promotoras de la supervivencia individual, tampoco favorecen la adaptación en comunidad, más son productos innegables del amor y están sobrevalorados en nuestras culturas de romeos y julietas. De hecho, demasiado amor entre los padres ni siquiera es bueno para los críos ya que nacen dentro de un caótico ambiente dominado por las emociones alteradas de sus tutores. Los ejemplos abundan y todos conocemos uno o varios.

Hemos hecho del enamoramiento y la vida en pareja un intricado camino que continúa dejando a millones de personas insatisfechas, pero el amor y la religión son intocables y la mayoría piensa que no podría vivir sin ellos. Tomará mucho tiempo para que cualquier población lo asimile como algo positivo pero vivir con versiones mejoradas de ambos nos vendría muy bien a todos.

Mi propuesta es linchar al amor, acribillarlo. Buscar esos circuitos cerebrales que nos reducen a comportarnos como irresponsables adolescentes y mermarlos para siempre de la especie humana. Iniciar un bombardeo de memes dedicados a fomentar la empatía y promover terapias y drogas que desarrollen una red neuronal que despierte en nosotros esos mismos sentimientos de satisfacción intensa pero sólo cuando ayudemos a otro ser humano o animales de otras especies. El amor es un sentimiento egoísta que separa a las parejas de los demás y posee el potencial de originar violencia y crueldad hacia la persona amada y a todos los que están a su alrededor, nos conviene erradicarlo de nuestras agendas. Decapitemos a Cupido y promovamos la amistad y la ayuda incondicional entre las personas en vez del amor entre parejas. El placer sexual, por supuesto, junto a los avances científicos, se encargarán de perpetuar nuestra presencia en el Universo.

Tendríamos tiempo de sobra para dedicarnos a empresas productivas en vez de andar como perros chiflados detrás de una persona en particular, esclavos tantas veces de una combinación de memes y procesos químicos y biológicos que no están basados en lo que realmente nos conviene. Actuar apoyados en nuestras emociones nos embiste contra una pared. Cuando nos damos tiempo para pensar, sopesar nuestras experiencias y usar la lógica para basar en ellas nuestro comportamiento, los resultados de las acciones consecuentes son beneficiosos y crean avances para los que están a nuestro alrededor. Seríamos algo así como la población del ficticio planeta Vulcano, un lugar donde la razón y la lógica están por encima de la emoción y la cursilería.

Imagine por un momento cómo serían las cosas si el bienestar de los demás nos ocasionara los mismos síntomas que causan las flechas del alado gordito, si hacer el bien incondicionalmente empapara nuestros cerebros con esas sustancias que nos llenan de una incontrolable contentura y si sentirnos enamorados dependiera de la prosperidad de nuestros vecinos…


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