El amor no es un corazón sino un cerebro

Neurología. El estudio de las emociones nos ha enseñado que es en el cerebro y sus funciones donde ocurren todas y cada una de ellas, estas emociones las compartimos con otros animales mamíferos

Hemos configurado un corazón que a todos nos gusta. Ahora hasta lo hacemos con las manos y lo enseñamos al mundo; si estamos enamorados, felices, amistosos o amables, la figurita del corazón es lo primero que sale a relucir. Amar, de hecho, se ha vuelto sinónimo del corazoncito; sin embargo, el sentimiento no comienza ni termina en el corazón sino en el cerebro. Todo el amor, no sólo (aunque también) el sexo, y todas las emociones, se originan en la azotea del cuerpo.

Ciertamente, amar es una enorme parte de lo que somos, de nuestra forma de ver la vida. Creemos saber cómo el amor nos hará sentir, pero no es así; tantas veces nos convertimos en otras personas al amar, tantas veces vemos a otros hacer cosas distintas a ellos por amor. Helen E. Fisher ha estudiado este sentimiento con tecnología y junto a un equipo que incluyen también a otro neurocientífico, un antropólogo y un psicólogo social han atribuido los vínculos del amor con el acecho, el suicidio, la depresión y hasta el autismo.

“Este tipo de amor intenso tiene que ver con la motivación, la recompensa y el impulso, se trata de conductas humanas en el sistema cerebral que los humanos compartimos con otros mamíferos, por ello pensamos que los primeros pasos en el amor romántico pudieron haberse desarrollado como una forma de impulso mamífero hacia el hallazgo de buenas y significativas parejas. Este comportamiento tiene una importancia influyente en las conductas sociales que repercuten en la reproducción y en la genética. Es un recordatorio penetrante de que la mente en realidad es el cerebro”, explica Lucy L. Brown, de la escuela de medicina del Colegio Universitario Albert Einstein.

El equipo encontró, al medir los cerebros de personas enamoradas con fMRI y otras técnicas, detalles interesantes, como que el romance se desarrolla en la parte derecha del cerebro y el atractivo en la izquierda. Ciertamente, no se esperaban tanta división cerebral.

“Enseñamos a los participantes una foto de la persona amada mientras estaban en la máquina y comprobamos que el amor romántico intenso está asociado con regiones subcorticales ricas en dopamina que han sido asociadas también con la recompensa, y que el amor romántico se vincula a lugares cerebrales que están asociados con la motivación para adquirir esa recompensa. Comprobamos nuestros resultados con grupos controles que no estaban enamorados”, explica Arthur Aron de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook.

Dos lugares en el cerebro son centrales al tema: el área derecha tegmental ventral o VTA y el cuerpo caudal dorsal. Estas dos zonas se encendieron como arbolitos de navidad en comparación con los grupos controles. No sólo eso, los descubrimientos en la resonancia van acorde con los encontrados al analizar las respuestas a los cuestionarios administrados antes.

“Un concepto importante es que el caudal probablemente integra enormes cantidades de información, desde las memorias personales hasta las nociones individuales sobre la belleza. Más tarde, esta región y otras relacionadas encontradas en el ganglio basal, nos ayudan a dirigir las acciones a la obtención de la meta propuesta. Estas relaciones con el ganglio basal tienen significados importantes, aún hasta con el autismo”, dice Brown.

El estudio en los autistas

El autismo es caracterizado por un comportamiento importante: la carencia emocional. Los investigadores especulan que el autismo involucra un desarrollo atípico de los sistemas de recompensa del cerebro medio y el ganglio basal. Para ellos tiene sentido ya que algunos síntomas del autismo incluyen pensamientos y movimientos repetitivos que son característicos de la función del ganglio basal.

No sólo eso, Fisher, de la Universidad Rutgers en New Jersey, nos explica que también descubrieron las formas que toma el amor con el paso del tiempo, cómo cambia y dónde. Partes del cerebro no sólo se transformaban sino que muchos de estos cambios se dan en los mismos lugares encontrados en los cerebros de las monógamas ratas del campo. Por ejemplo, descubrieron que dentro del ganglio vasal existe una porción conocida como el Pallidum Ventral, un lugar con receptores para la vasopresina, una hormona crítica en la relación a largo plazo de estos animales.

“Los humanos hemos evolucionado tres áreas distintas pero interrelacionadas para el apareamiento y la reproducción: el impulso sexual, el amor romántico y el apegamiento a otro a largo plazo y en nuestros resultados hemos identificado cómo el amor romántico puede convertirse en una relación a largo plazo. El amor romántico es más poderoso que el sexo y es su aparición lo que intensifica la actividad en estas zonas y permite que este tipo de amor se haga largo”, explica Fisher.

La función de los neurotransmisores

Estos neurotransmisores que se reflejan en el amor también pueden tener consecuencias negativas si las cosas salen mal; no podemos olvidar que las evidencias nos dicen que las ratas monógamas exhiben un 50% de aumento en la dopamina cuando están enamoradas. Estos estímulos son mamíferos y por eso observamos atracción a compañeros específicos en los animales; de hecho, por eso evolucionan modos típicos de atraer, como la cola del pavo real; además de la evolución de los que se quedan observándola y luego se enamoran de ella. Nuestros accesorios de hoy han sido enlazados a eso.

“El problema es que en el amor muchas cosas pueden ir mal. Estudios indican que el 40% de las personas rechazadas caen en depresión clínica, unos de ellos se suicidan, otros pueden hasta matar. Charles Darwin y muchos evolucionistas han estudiado este interesante fenómeno en la vida animal; sabemos que este sistema cerebral ha venido evolucionando por mucho tiempo ya que su función es vital para el humano”, explica Fisher.

El amor tiene muchos rostros de acuerdo con la genética y la experiencia de la persona, pero se da igual en todos. La forma en que reaccionemos a su conducta tendrá que ver con eso, aún así, enamorarse, tener sexo, reproducirse y adherirse a una pareja tiene sus circuitos neuronales similares en los mamíferos.

“Los humanos decimos experimentar sentimientos mágicos como el amor y nuestros resultados no desean disminuir esa idea de magia sino aumentarla. Conocer que estamos enlazados a los demás animales en esto también es un sentimiento bastante asombroso”, aseguró Brown.


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