
por Olga A. de Linares
El sacerdote acababa de terminar la ceremonia cuando una extraña voz viajó hacia las alturas, junto con el aroma del sebo y las demás ofrendas que ardían en el altar:
—Si Dios ama por igual a todas sus criaturas, como siempre dicen, ¿por qué evitó la muerte del hijo de Abraham, pero nunca interviene para salvar a los míos? —balaba tristemente la oveja, ante el cadáver del cordero recién sacrificado.
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