De la fe a la ilustración: un camino arduo y traicionero

Nací en una familiar moderadamente religiosa. Por parte de madre tengo unos pocos parientes que son ayatolás. Aunque mi abuelo (al que no llegué a conocer) era más bien escéptico, nuestra familia era creyente. A mis padres no les gustaban los mulás. De hecho, no tenían mucha relación con nuestros parientes más fundamentalistas. A nosotros nos gustaba pensar que creíamos en el “Islam auténtico”, no aquel en el que creen y que practican los mulás.

Recuerdo haber debatido sobre religión con el marido de una de mis tías cuando tenía unos quince años. Él era un musulmán fanático muy preocupado por la fiqh (jurisprudencia islámica). Esta prescribe la forma en que los musulmanes deben rezar, ayunar, llevar sus asuntos públicos y privados, hacer negocios, lavarse, utilizar el váter, e incluso copular. Yo mantenía que eso no tiene nada que ver con el Islam auténtico, que es un invento de los mulás, que prestarle atención en exceso a la fiqh disminuye el impacto y la importancia del mensaje puro del Islam, el cual, en mi opinión, era la unión del hombre con su creador. Este punto de vista se inspira mayormente en el sufismo. Muchos iraníes, gracias a las poesías de Rumi, tienen una visión que es en gran medida sufí.

En mi temprana juventud yo percibí trato discriminatorio y crueldad hacia los miembros de minorías religiosas en Irán. Se notaba más en las ciudades de provincia donde el nivel educativo era bajo y los mulás tenían mayor control sobre la gente más crédula. Debido al trabajo de mi padre, pasamos varios años en pequeños pueblos fuera de la capital. Nuestro profesor quiso llevar a la clase a natación. Estábamos emocionados y nos hacía ilusión. En la clase había unos pocos chicos que eran bahaíes y judíos. Nuestro profesor no les permitió venir con nosotros. Dijo que no podían nadar en la misma piscina que los musulmanes. No puedo olvidar la desilusión de los chicos, que se fueron del colegio con lágrimas en los ojos, abatidos y desconsolados. A esa edad, unos nueve o diez años, era incapaz de entender esas cosas y sentía tristeza por la injusticia. Pensé que la culpa la tenían los chicos por no ser musulmanes.

Creo que fui afortunado de tener unos padres libres de prejuicios que me animaron a desarrollar un pensamiento crítico. Intentaban inspirar en mí el amor hacia Dios y sus mensajeros, pero mantenían valores humanísticos como la igualdad de derechos entre hombre y mujer, y el amor por toda la humanidad. En cierto sentido, así eran la mayoría de las familias iraníes. De hecho, la mayoría de los musulmanes que tienen un cierto nivel de educación creen que el Islam es una religión humanista que respeta los derechos humanos, eleva el estatus de las mujeres y protege sus derechos. La mayoría de los musulmanes creen que el Islam significa paz. Ni que decir tiene que pocos de ellos se han leído el Corán.

Pasé mi temprana juventud en ese dulce paraíso de la ignorancia, defendiendo el “Islam auténtico” como yo pensaba que debía ser, y criticando a los mulás y la forma en que se apartaban de las auténticas enseñanzas del Islam. Yo idealizaba un Islam que estaba en consonancia con mis propios valores humanistas. Mi Islam imaginario era una religión hermosa. Era una religión de igualdad y paz. Era una religión que animaba a sus seguidores a buscar el conocimiento y ser curiosos. Era una religión que estaba en armonía con la ciencia y la razón. De hecho, yo llegué a pensar que la ciencia se inspiraba en el Islam. El Islam en el que yo creía era una religión iluminada por la ciencia moderna, que finalmente dio sus frutos en Occidente e hizo posibles los modernos descubrimientos e inventos. Yo pensaba que el Islam era la auténtica causa de la civilización moderna. Y que los musulmanes vivían en un estado de ignorancia tan lamentable por culpa de los mulás y líderes religiosos egocéntricos que habían dado una interpretación del Islam que les beneficiaba a ellos personalmente. Esto es lo que piensan todos los musulmanes. No están dispuestos a echarle la culpa al Islam. Culpan a los mulás de todo lo que va mal.

Los musulmanes piensan que la civilización occidental tiene sus raíces en el Islam. Recuerdan a grandes mentes de Oriente Medio cuyas contribuciones científicas han sido cruciales para el nacimiento de la ciencia moderna.

Omar Jayyam fue un gran matemático que calculó la longitud del año con una precisión de 0,74 % de un segundo. Zakaria Razi puede considerarse como uno de los fundadores de la ciencia empírica que basó su conocimiento en la investigación y los experimentos. La monumental enciclopedia de medicina de Avicena fue durante siglos libro de texto en las universidades europeas. Hay más luminarias que tienen “nombres islámicos”, que fueron pioneros de la ciencia moderna cuando Europa estaba sumida en las tinieblas de la Edad Media. Como todos los musulmanes, yo creía que todos estos grandes hombres eran musulmanes, que estaban inspirados por la riqueza del conocimiento oculto en el Corán. Y que si los musulmanes de hoy podían recuperar la pureza original del Islam, volverían los días de gloria perdidos del Islam y los musulmanes volverían a liderar la civilización mundial.

Irán era un país musulmán, pero también un país corrupto. Había pocas posibilidades de entrar en la universidad. Sólo lo conseguían uno de cada diez aspirantes. A menudo se les obligaba a elegir asignaturas que no querían estudiar porque no obtenían suficientes puntos para las materias de su elección. Los estudiantes con enchufe conseguían la plaza.

El nivel de educación en Irán no era ideal. Las universidades tenían pocos fondos ya que el Shah prefería construir un gran poder militar para convertirse en el gendarme de Oriente Medio en lugar de construir las infraestructuras del país e invertir en educación. No se fiaba de los intelectuales. Por estas razones, mi padre pensó que era preferible que yo me fuera de Irán para continuar mis estudios en otra parte.

Pensamos en América y en Europa, pero mi padre, siguiendo el consejo de algunos de sus amigos religiosos, decidió que otro país islámico sería mejor para un chico de 16 años. Nos dijeron que en Occidente la moral es muy laxa, las playas están llenas de mujeres desnudas, y beben y llevan vidas disolutas, todo lo cual es perjudicial para un joven. Así pues me mandaron a Pakistán, donde la gente es religiosa y por tanto es seguro y moral. Un amigo de la familia nos dijo que Pakistán es como Inglaterra, solamente que más barato.

Por supuesto que esto resultó no ser cierto. Me encontré con que los paquistaníes eran igual de inmorales y corruptos que los iraníes. Sí, eran muy religiosos. No comían cerdo y no vi a nadie consumiendo alcohol en público, pero noté que tenían una mente sucia, que mentían, eran hipócritas, crueles con las mujeres, y sobre todo, estaban llenos de odio hacia los indios. No me parecieron en ningún sentido mejor gente que los iraníes. Eran religiosos pero no eran morales ni éticos.

En el colegio, en lugar de estudiar urdu elegí cultura paquistaní para completar ni nivel A de bachillerato. Aprendí la razón de la partición de Pakistán de India y por primera vez oí hablar de Muhammad Ali Jinah, el hombre a quien los paquistaníes llaman Qaid-e A`zam, el gran líder. Lo presentaban como un hombre inteligente, padre de la nación, mientras que de Gandhi se hablaba en tono despectivo. Incluso entonces, yo no podía evitar ponerme de parte de Gandhi y condenar a Jinah como hombre arrogante y ambicioso que tuvo la culpa de la secesión y causó millones de muertos. Se podría decir que yo siempre tenía mis propias ideas y era un inconformista. Me enseñaran lo que me enseñaran, yo siempre llegaba a mis propias conclusiones y no me creía lo que me decían.

Las diferencias de religión no me parecían una razón válida para romper un país. La mera palabra Pakistán ya es un insulto para los indios. Ellos se llamaban a sí mismos pak (limpios) para distinguirse de los indios que eran nayis (impuros). La ironía es que yo nunca vi a gente más sucia que en Pakistán, tanto física como mentalmente. Me decepcionó ver a otro país islámico en tal estado de bancarrota intelectual y moral. En los debates con mis amigos no conseguí convencer a nadie del “auténtico Islam”. Yo condenaba su fanatismo mientras que ellos criticaban mis puntos de vista poco islámicos.

Yo le conté esto a mi padre y decidí ir a Italia para realizar allí mis estudios universitarios. En Italia la gente bebe vino y come cerdo, pero fueron más acogedores, simpáticos y menos hipócritas que los musulmanes. Vi que la gente estaba dispuesta a ayudar sin esperar nada a cambio. Conocí a una pareja mayor muy hospitalaria que me invitaba a comer con ellos los domingos para que no me encontrara solo. No querían nada de mí. Solamente querían a alguien a quien querer. Yo era casi como un nieto para ellos. Sólo una persona que ha vivido como extranjero en un país puede apreciar el valor de la ayuda y la hospitabilidad de los locales.

Su casa estaba impecable, el suelo de mármol reluciente, lo cual contradecía la idea que yo tenía de los occidentales. Aunque mi familia tenía una actitud muy abierta hacia otras gentes, el Islam me había enseñado que los no musulmanes son nayis (impuros) y no se debe hacer amistad con ellos. Aún tengo un ejemplar del Corán traducido al farsi que yo a menudo leía. Uno de los versos subrayados es éste:

“¡Oh vosotros que creéis! No toméis a los judíos y cristianos como awliya’ (amigos, protectores, etc.), no son más que awliya’ los unos de los otros.” (Q 5:51)

Me costaba comprender la sabiduría de este versículo. Me preguntaba por qué no habría de hacer amistad con esta maravillosa pareja mayor que no tenían ningún otro motivo de mostrarme su hospitalidad más que hacer que me sintiera como en mi casa. Pensé que ellos eran “auténticos musulmanes” e intenté sacar el tema de la religión con la esperanza de que verían la verdad del Islam y lo abrazarían. Pero no mostraron interés y cambiaron de tema educadamente. Yo jamás, en toda mi vida, fui tan estúpido como para creer que los no creyentes iban a ir al infierno. Lo había leído en el Corán pero nunca quería pensar en ello. Simplemente lo ignoraba. Por supuesto, sabía que Dios se alegraría si alguien reconocía a su mensajero, pero nunca creí que llegara a ser tan cruel como para quemar a alguien eternamente en el infierno, incluso a una persona que obraba bien, simplemente por no ser musulmán. Leí esta advertencia:

“Si alguien desea una religión distinta del Islam (sumisión a Alá), eso nunca será aceptado; en el más allá estará junto con los que han perdido (todo bien espiritual). Q 3:85.

Sin embargo, yo le hice poco caso e intenté convencerme a mí mismo de que el significado no es lo que parece a primera vista. En ese momento, era un tema al que no era capaz de enfrentarme, por eso dejé de pensar en ello.

Solía quedar con mis amigos musulmanes y me di cuenta de que la mayoría de ellos llevaban un vida muy inmoral, hipócrita. La mayoría de ellos encontraron novias con las que se acostaban. Eso era muy poco islámico, o al menos es lo que a mí me parecía por entonces. Lo que más me molestaba era el hecho de que no valoraran a esas chicas como verdaderos seres humanos dignos de respeto. Las chicas no eran chicas musulmanas y por tanto sólo las usaban para el sexo. No era una actitud general. Aquellos que no hacían tanta gala de su religiosidad, eran más respetuosos y sinceros hacia sus novias occidentales, y algunos incluso las amaban y querían casarse con ellas. Paradójicamente, los más religiosos eran menos fieles hacia su novias. Yo siempre pensaba que el auténtico Islam es lo que está bien. Si algo es inmoral, poco ético, deshonesto o cruel, no puede ser del Islam. Yo no entendía como el comportamiento de estos musulmanes inmorales e insensibles podía ser el resultado de las enseñanzas del Islam. Años después me di cuenta que la verdad es justo lo contrario. Encontré muchos versículos que eran inquietantes y me hicieron revisar toda mi opinión sobre el Islam.

Tal como yo lo veía, la tragedia era que esas mismas personas que llevaban un vida inmoral eran los que se decían musulmanes, rezaban, ayunaban y eran los primeros en defender el Islam de manera furibunda si alguien planteaba alguna duda. Eran los que perdían los nervios y comenzaban una pelea si alguien se atrevía a decir una palabra contra el Islam.

Una vez hice amistad con un joven iraní en la cafetería de la universidad, y más tarde se lo presenté a otros dos amigos musulmanes. Éramos de la misma edad. El era un oven erudito, virtuoso, sabio. A mis otros dos amigos y a mí nos cautivó su encanto y su valores morales elevados. Solíamos esperarlo y sentarnos con él a la hora de la comida, pues siempre aprendíamos algo de él. Comíamos mucho spaghetti y risotto y echábamos de menos una buena comida persa. Nuestro amigo dijo que su madre le había enviado unas verduras y nos invitó a su casa a comer el siguiente domingo. Su apartamento de dos habitaciones estaba muy limpio, a diferencia de las casas de los demás. Nos preparó un delicioso “ghorme sabzi” que comimos con mucho placer, y luego nos quedamos conversando y tomando té. Fue entonces cuando vi sus libro bahá’i. Cuando le preguntamos, nos dijo que él era bahá’i.

A mí no me preocupó en absoluto, pero de camino a casa mis otros dos amigos dijeron que no querían continuar su amistad con él. Yo me sorprendí y pregunté por qué. Me dijeron que ser un bahá’i lo convertía en nayis y que ellos, de saber que era bahá’i, no habrían hecho amistad con él. Yo me quedé perplejo y les pregunté por qué pensaban que era nayis si todos le habíamos hecho cumplidos por su limpieza. Estábamos de acuerdo en que era un hombre de moral superior a la de todos los jóvenes musulmanes que conocíamos, por tanto ¿a qué se debía ese cambio de actitud? La respuesta me inquietó mucho. Dijeron que el propio nombre ya tenía algo que hacía que a ellos les desagradara esta religión. Me preguntaron si yo sabía por qué a todos les disgustaban los bahá’i. Les dije que no lo sabía, que a mí me caían bien todos. Pero si a ellos no les gustaban los bahá’i, debían explicar sus razones. ¡Y no sabían por qué! Este hombre era el primer bahá’i al que conocían bien, y era un hombre ejemplar. Yo quería saber la razón. Me dijeron que no era ninguna razón en especial. Simplemente, sabían que los bahá’i eran mala gente.

Yo estoy contento de haber roto con estos dos fanáticos. De ellos, aprendí cómo se forman y como operan los prejuicios. Posteriormente, me di cuenta de que los prejuicios y el odio que los musulmanes albergan contra todos los no musulmanes no son el resultado de una mala interpretación del Corán, sino que se debe a que este libro predica el odio y siembra prejuicios. Se ven afectados los musulmanes que van a las mezquitas y escuchan los sermones de los mulás. Hay muchos versículos en el Corán que hacen un llamamiento a que los creyentes odien a los no creyentes, que los combatan, que los llamen nayis, que los subyuguen y los humillen, que les corten la cabeza y los miembros, que los crucifiquen y los maten dondequiera que los encuentren.

Aprendí la verdad del Corán

Dejé la religión aparcada durante varios años. No es que mis opiniones sobre la religión hubieran cambiado o que yo ya no me considerara religioso. Simplemente, tenía tantas cosas que hacer que no me quedaba mucho tiempo para dedicarle a la religión. Entretanto, aprendí más sobre la democracia, los derechos humanos y otros valores, como la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y me gustó lo que aprendí. ¿Seguía rezando? Siempre que podía, pero no de manera fanática. Al fin y al cabo, estaba viviendo y trabajando en una país occidental y no quería llamar la atención.

Un día, decidí que había llegado el momento de profundizar en mis conocimientos del Islam y de leer el Corán entero. Encontré un ejemplar del Corán en árabe con una traducción al inglés. Anteriormente, solamente había leído algunos fragmentos; esta vez lo leí entero. Leía un versículo en árabe, luego la traducción al inglés, luego volvía al árabe, y no pasaba al siguiente versículo hasta no estar seguro de que había entendido la versión árabe.

No tardé mucho en llegar a versículos que me costaba aceptar. Uno de ellos es este:

Alá no perdona que se sitúe a otro dios a su lado; pero perdona todo lo demás, a quien a él le guste; situar a otros dioses al lado de Alá es el pecado más odioso.” 4:48

Me parecía difícil aceptar que Gandhí tuviera que arder en el infierno para siempre porque era politeísta sin esperanza de redención, mientras que un asesino musulmán podía recibir el perdón de Alá. Esto planteaba una pregunta que me causaba desasosiego. ¿Por qué está Alá tan desesperado por que se le conozca como el único dios? Si el es el único dios, ¿a qué viene tanto lío? ¿Con quién compite? ¿Por qué se habría de preocupar por que la gente lo conozca o lo alabe o no?

Aprendí sobre el tamaño del universo. La luz, que viaja a una velocidad de 300 mil kilómetros por segundo, tarde 20 mil millones de años en llegar hasta nosotros desde la galaxias que están en los límites del universo. ¿Cuántas galaxias hay? ¿Cuántas estrellas hay en las galaxias? ¿Cuántos planetas hay en este universo? Estas consideraciones me abrumaban. Si Alá es el creador de este vasto universo, ¿por qué le preocupa tanto que una panda de monos que habitan un pequeño planeta en los bordes de la vía láctea lo reconozcan como el único dios?

Habiendo vivido en Occidente, tenía muchos amigos occidentales que eran amables conmigo, que me tenían afecto, que me abrían su corazón y su hogar, y me aceptaban como amigo suyo, con lo cual era realmente difícil aceptar que Alá no quisiese que yo hiciera amistad con ellos.

Que los creyentes no tomen por amigos o asistentes a no creyentes en lugar de los creyentes; si hacen eso, en nada les ayudará Alá 3: 28

¿Alá no es también el creador de los no creyentes? ¿No es el dios de todo? ¿Por qué, entonces, habría de ser tan poco amable con los no creyentes? ¿No sería mejor que los musulmanes hicieran amistad con los no creyentes y les enseñaran el Islam dando buen ejemplo? Manteniéndonos a distancia de los no creyentes, nunca se va a salvar el abismo de malentendidos. Los no creyentes, ¿cómo van a aprender sobre el Islam si no nos asociamos con ellos? Eran preguntas que no se me iban de la cabeza. La respuesta a estas preguntas vino en un versículo muy desconcertante. Alá daba una orden: mátalos donde quiera que los captures (Q 2:191).

Pensé en mis propios amigos, recordando todo su cariño y amabilidad, y me pregunté cómo un dios auténtico podría pedir que se matara a otro ser humano solamente porque no cree. Parecía absurdo, y sin embargo este concepto se repetía tan a menudo en el Corán que no cabía ninguna duda. En el versículo 8.65, Alá dice a su profeta:

¡Oh profeta! Anima a los creyentes al combate. Si hay veinte entre vosotros, pacientes y perseverantes, triunfarán sobre doscientos; si hay cien, triunfarán sobre mil de los no creyentes.

¿Por qué Alá habría de mandar a un mensajero a hacer la guerra? ¿No debería Dios enseñarnos a amarnos los unos a los otros y ser tolerantes con nuestras creencias? Y si Alá está realmente tan preocupado con que la gente crea en él, hasta el punto de que mueran si no creen, ¿por qué no los mata el mismo? ¿Por qué nos pide a nosotros que hagamos el trabajo sucio? ¿Somos los matones de Alá?

Aunque yo había oído de la yihad y nunca antes me la había cuestionado, me resultaba difícil aceptar que Dios pudiera llegar a imponerle a la gente medidas tan violentas. Lo más espeluznante era la crueldad de Alá en el trato con los no creyentes.

Infundiré terror en los corazones de los infieles: golpeadlos por encima del cuello y machacadles las puntas de los dedos 8:12

Parecía que Alá no estaba satisfecho con matar a los no creyentes, sino que disfrutaba torturándolos antes de darles muerte. Golpear a la gente por encima del cuello y machacarle las puntas de los dedos eran actos muy crueles. ¿Realmente iba a dar Dios órdenes así? Y lo peor es lo que prometía hacer con los no creyentes en el otro mundo:

Estos dos antagonistas debaten entre ellos sobre su Señor: pero aquellos que niegan (a su Señor) a ellos se les cortará un traje de fuego; por encima de sus cabezas se verterá agua hirviendo. Se escaldará lo que está dentro de sus cuerpos, así como su piel. Además, habrá mazas de hierro para castigarlos. Cada vez que quieran escapar de ello, de la angustia, se les obligará a entrar de nuevo, y se dirá: ¡probad el castigo del fuego!

¿Cómo podía ser tan cruel el creador de este universo? Me conmocionó enterarme de que el Corán insta a los musulmanes a

  • Matar a los no creyentes allí donde los encuentren (C 2:191)
  • Asesinarlos y tratarlos con severidad (C 9:123)
  • Combatirlos (C 8:65) hasta que no quede más religión que el Islam (C 2:193)
  • Humillarlos e imponerles un impuesto de castigo si son cristianos o judíos (C 9:29)
  • Matarlos si son paganos (C 9:5), crucificarlos, o cortarles las manos y los pies
  • Expulsarlos de la tierra con deshonra. Y si esto no fuera suficiente, “sufrirán un gran castigo en el más allá (C 5:34)
  • No hacer amistad con sus propios padres o hermanos si no son creyentes (C 9:23) (C 3:28)
  • Matar a su propia familia en las batallas de Baer y Uhud y pedir a los musulmanes que “luchen contra los infieles con gran esfuerzo” (C 25:52)
  • Ser severos con ellos porque su lugar es el infierno (C 66:9)

¿Cómo puede una persona sensata no sentirse conmovida cuando se encuentra con que el Corán dice “Cortadles las cabezas a los infieles” y luego tras una “gran matanza entre ellos, atad cuidadosamente a los cautivos que sobrevivan” (C 47:4)

También me conmocionó enterarme que el Corán niega la libertad de culto y afirma con claridad que el Islam es la única religión aceptable (C 3:85). Alá envía al infierno a los que no creen en el Corán (C 5:11) y los llama nayis (sucios, intocables, impuros) (C 9:28). Dice que los no creyentes irán al infierno y beberán agua hirviendo (C 14:17). Además, “en cuanto a los infieles, se les cortará un traje de fuego; por encima de sus cabezas se verterá agua hirviendo para disolver todo lo que está en sus entrañas y en su piel, y se les castigará con hierros que llevan ganchos” (C 22:9). ¡Qué sadismo!

El libro de Alá dice que las mujeres son inferiores a los hombres y sus maridos tienen derecho a golpearlas (C 4.34) y que las mujeres irán al infierno si desobedecen a sus maridos (C 66.10). Dice que los hombres están en ventaja con respecto a las mujeres (C 2.228). No sólo les niega a las mujeres la parte equitativa de la herencia (C 4.11-12), sino que las considera como imbéciles y afirma que su testimonio exclusivo no tiene validez ante un tribunal (C 2:282). Esto significa que una mujer violada no puede acusar a su violador a menos que pueda aportar un testigo varón, lo cual es de chiste, claro. Los violadores no violan en presencia de testigos. Pero el versículo más espeluznante es cuando Alá permite a los musulmanes violar a mujeres capturadas en la guerra incluso si estaban casadas antes de ser capturadas (C 4.24) (C 4.3). El santo profeta violaba a las mujeres más hermosas que capturaba en sus asaltos, el mismo día en que mataba a sus maridos y seres queridos. Los soldados paquistaníes violaron hasta 250.000 mujeres bengalíes en 1971 y masacraron a 3.000.000 de civiles desarmados cuando su líder religioso decretó que los ciudadanos de Bangladesh eran poco islámicos. Esta es la razón por la cual los guardias de prisión del régimen islámico de Irán violan a las mujeres y luego las matan tras llamarlas apóstatas y enemigas de Alá.

Todo el Corán está lleno de versículos que enseñan a matar a los infieles, y cómo Alá los torturará tras la muerte. No hay lecciones de moralidad, justicia, honestidad o amor. El único mensaje del Corán es creer en Alá y su mensajero. El Corán engatusa a la gente con recompensas celestiales de sexo sin límites con las bellas huríes del paraíso, y amenaza con el fuego del infierno. Cuando el Corán habla de justicia, no es de la justicia tal como la entendemos nosotros, sino que significa la creencia en Alá y su mensajero. Un musulmán puede ser un asesino y matar a un no musulmán, y ser sin embargo una persona justa. Las buenas acciones son secundarias. La creencia en Alá y su mensajero son la finalidad última de la vida de una persona.

La lectura del Corán me causó una gran depresión. Era duro aceptarlo. Al principio lo negué y busqué significados esotéricos de estos crueles versículos, pero fue en vano. No había ningún malentendido. El Corán era tremendamente inhumano. Por supuesto que contenía un montón de herejías científicas y cosas absurdas, pero no fue eso lo que más me impactó. Fue la violencia de este libro lo que de verdad que sobrecogió y sacudió los fundamentos de mi fe.

El camino traicionero a la ilustración

Tras mi amarga experiencia con el Corán me encontré transitando una tortuoso camino plagado de tormentos. Me vi expulsado del hermoso jardín de la ignorancia, donde se daba respuesta a todas mis preguntas. Allí no necesitaba pensar. Sólo tenía que creer. Ahora, las puertas de ese jardín se me habían cerrado para siempre. Había cometido el impensable pecado de pensar. Había comido de la fruta prohibida del árbol del conocimiento, y se me habían abierto los ojos. Pude ver la falacia de todo y mi propia desnudez. Sabía que no se me permitiría entrar de nuevo en ese paraíso del olvido. Una vez comienzas a pensar, allí ya no hay un lugar para ti. Ya sólo podía tirar hacia delante.

Esta senda hacia la ilustración demostró ser más ardua de lo que yo pensaba. Era resbaladiza. Había montañas de obstáculos que superar y precipicios de errores que había que evitar. Viajé solo por territorios desconocidos, sin saber a qué me iba a enfrentar. Se llegó a convertir en mi odisea en el reino de la comprensión y el descubrimiento de la verdad, y finalmente me llevó a la tierra de la ilustración y la libertad.

Quiero cartografiar estos territorios para todos aquellos que también cometen el pecado de pensar, que se ven expulsados del paraíso de la ignorancia y están de camino hacia un destino desconocido.

Si dudas, si el abrigo de la ignorancia en el que te has envuelto se ha hecho trizas y te encuentras desnudo, has de saber que no puedes permanecer más tiempo en el paraíso. Te han expulsado para siempre. Igual que el niño que sale del vientre materno ya no puede regresar, a ti ya no te volverán a admitir en el hermoso jardín del olvido. Escucha a alguien que ha estado allí y ha hecho eso, y no te agarres, desanimado, a las puertas. Las puertas se han cerrado para siempre.

En vez de eso, mira hacia delante. Tienes un viaje por delante. Puedes llegar volando o arrastrarte. Yo me arrastré. Pero gracias a ello conozco bien el camino. Voy a cartografiar el camino para que no tengas que arrastrarte.

El paso de la fe a la ilustración consiste en siete valles.

Conmoción

Después de la lectura del Corán, mi perspectiva de la realidad se vio sacudida. Me encontré cara a cara con la verdad y me asustaba mirarla. Desde luego que no era lo que yo había esperado ver. No había nadie a quien pudiera echar la culpa, maldecir y llamar un mentiroso. Encontré todos los absurdos del Islam y lo inhumano de su autor leyendo el Corán. Y me quedé conmocionado. Sólo esa conmoción hizo que recuperara el juicio y me enfrentara a la verdad. Por desgracia, es un proceso muy difícil y doloroso. Los seguidores de Mahoma tienen que ver la verdad desnuda y sufrir la conmoción. No podemos seguir edulcorando la verdad. La verdad es amarga y hay que aceptarla. Los hechos son tozudos y no desaparecen. Solamente entonces comienza el proceso de ilustración.

Pero como cada persona tiene una sensibilidad diferente, lo que conmociona a una persona tal vez no conmocione a otra. Incluso como hombre me conmocioné al leer que Mahoma instruyó a sus seguidores a pegarles a sus mujeres, a quienes calificó de “deficientes intelectuales.” Y sin embargo me he encontrado con muchas mujeres musulmanas a quienes no les cuesta aceptar estas afirmaciones insultantes pronunciadas por el profeta. No es que estén de acuerdo en que son deficientes intelectuales, o que se crean que la mayoría de los que pueblan el infierno son mujeres porque el profeta lo haya dicho, sino que simplemente bloquean esa información. Lo leen, pero no lo interiorizan. Adoptan una actitud de negación. Una vez que instala ese escudo, no hay nada que lo pueda romper. Llegado este momento, las creencias hay que atacarlas desde otras direcciones. Las tenemos que bombardear con otras enseñanzas espeluznantes del Corán. Tal vez tengan una zona sensible. Es todo lo que necesitan: un buen shock. Es doloroso, pero puede salvarte la vida. Los choques los utilizan los médicos para devolver a la vida a un paciente muerto.

Por primera vez, Internet ha modificado el equilibrio del poder. Ahora la fuerza bruta de las armas, las prisiones y las brigadas asesinas son impotentes y la pluma tiene un gran poder. Por primera vez, los musulmanes no pueden frenar la verdad matando al mensajero. Ahora, un gran número de ellos están entrando en contacto con la verdad y se sienten desvalidos. Quieren acallar esta voz, pero no pueden. Quieren matar al mensajero, pero no pueden. Intentan prohibir las webs que desenmascaran sus creencias atesoradas, en ocasiones lo consiguen puntualmente, pero la mayoría de las veces no. Yo creé una web para enseñarles a los musulmanes el verdadero Islam. La alojé en Tripod.com. Los islamistas obligaron a Tripod a cerrármela, cobardemente aceptaron para apaciguar a los musulmanes. Conseguí mi dominio y al cabo de unas semanas conseguí subir de nuevo la web. Así pues, el método antiguo de matar a los apóstatas, quemar sus libros y hacerlos callar por medio del terror ya no sirve. No pueden impedir que la gente lea. Aunque mi web está prohibida en Arabia Saudita, los Emiratos y muchos otros países islámicos, un gran número de musulmanes que no sabían la verdad sobre el Islam están enterándose por vez primera de la verdad, y están conmocionados.

Conocí por Internet a una señora que se convirtió al Islam y comenzó a llevar el velo islámico. Tenía una página web con una foto en la que se la veía completamente cubierta por un velo negro, junto con la historia de cómo se hizo musulmana. Era muy activa y recomendaba a otras personas que no leyeran los textos míos. Pero cuando leyó la historia de Safiyah, la mujer judía que Mahoma capturó y violó después de matar a su padre, a su marido y muchos de sus familiares, quedó conmocionada. En vano, interrogó a otros musulmanes al respecto. Se abrió la puerta y ella fue expulsada del paraíso de la ignorancia. No paró de escribirme preguntándome cosas. Finalmente, pasó muy rápido por las otras fases desde la fe ciega hasta la ilustración, y me escribió dándome las gracias por guiarla por este arduo camino. Se borró totalmente de los clubs musulmanes de Yahoo.

Cuando la gente se entera de la vida poco santa de Mahoma y de los absurdos del Corán, se quedan de piedra. Yo quiero exponer el Islam, escribir la verdad sobre la vida poco santa de Mahoma, sus palabras de odio, sus afirmaciones sin sentido, y bombardear a los musulmanes con hechos. Se enfadarán. Me maldecirán, me insultarán y me dirán que después de leer mis artículos su fe en el Islam ha salido “fortalecida”. Pero entonces es cuando sé que he plantado la semilla de la duda en su mente. Dicen todo eso porque están conmocionados y han entrado en la fase de negación. La semilla de la duda está plantada y germinará. En algunos casos tarda años, pero si se le da la oportunidad finalmente germinará.

La duda es el mayor obsequio que podemos ofrecernos los unos a los otros. Es el obsequio de la ilustración. La duda nos hará libres, hará avanzar el conocimiento, y desentrañará los secretos del universo. La fe nos mantendrá en al ignorancia.

Uno de los obstáculos que hemos salvado es el obstáculo de la tradición y los valores falsos que nos han impuesto miles de años de educación religiosa. El mundo sigue valorando la fe y considera que la duda es signo de debilidad. La gente habla de los hombres de fe con respeto, y desdeña a los hombres de poca fe. Estamos enredados en nuestros valores. La palabra fe significa creencia sin pruebas; la credulidad también significa creencia sin pruebas. Así pues, la fe no tiene nada de glorioso. Fe significa credulidad, susceptibilidad. ¿Cómo podemos estar orgullosos de esas cualidades?

Por otra parte, duda significa lo contrario de lo anterior. Significa ser capaz de pensar de modo independiente, de poner las cosas en duda, de ser escéptico. Debemos nuestra ciencia y nuestra civilización moderna a hombres y mujeres que dudaron, no a los que creyeron. Los que dudaron fueron pioneros; eran los líderes del pensamiento. Eran filósofos, inventores, descubridores. Los que creían, vivieron y murieron como seguidores, y poco aportaron al avance de la ciencia y el conocimiento humano.

Negación

Tras la conmoción, o tal vez al mismo tiempo, viene la negación. La mayoría de los musulmanes están atrapados en la negación. No están capacitados ni dispuestos a admitir que el Corán es un engaño. Desesperadamente, intentan explicar lo inexplicable, encontrar milagros en ello; estarían dispuestos a tergiversar todas las reglas de la lógica para demostrar que el Corán tiene razón. Cada vez que se les expone a una afirmación escandalosa del Corán, o a un acto reprensible cometido por Mahoma, responden con un rechazo. Así me ocurrió a mí en la primera fase de mi viaje. La negación es un lugar seguro. No estás dispuesto a admitir que te han expulsado del paraíso de la ignorancia. Intentas volver atrás, reacio a dar el siguiente paso adelante. En la negación encuentras una zona cómoda. En al negación no te van a herir, todo irá bien, todo funciona.

La verdad es extremadamente dolorosa, sobre todo si uno lleva toda la vida acostumbrado a las mentiras. No es fácil para un musulmán darse cuenta quién era realmente Mahoma. Es como decirle a un niño que su padre es un asesino, un violador y un ladrón. Un niño que adora a su padres no será capaz de aceptarlo aun cuando le enseñen todas las pruebas del mundo. La conmoción es tan mayúscula que lo único que puede hacer es negarlo. Dirá que mientes. Te odiará por hacerle daño, te maldecirá, te considerará su enemigo, y puede llegar a enfurecerse hasta el punto de atacarte físicamente.

Esta es la fase de negación. Es un mecanismo de autodefensa. Si el dolor es demasiado fuerte, la negación eliminará el dolor. Si a una madre se le dice que su niño ha muerto en un accidente, la primera reacción es la negación. En el momento de una gran catástrofe, a uno normalmente le sobrecoge una sensación de que todo es una pesadilla y de que al final uno despertará y todo estará bien. Pero por desgracia los hechos son tozudos y no desaparecen. Se puede vivir en la negación durante un tiempo, pero antes o después hay que aceptar la verdad.

Los musulmanes están arropados por las mentiras. Dado que hablar en contra del Islam es un delito que se castiga con la muerte, nadie se atreve a decir la verdad. Los que lo hacen no viven mucho tiempo. Se los silencia enseguida. Así pues, ¿cómo puedes conocer la verdad si todo lo que oyes son mentiras? Por una parte, el Corán afirma ser un milagro y desafía a todos a producir una surah igual.

Y si tienes dudas sobre lo que hemos revelado a nuestro sirviente, produce una surah igual, y llama a tu ayudante, además de Alá, si dices la verdad. (C. 2 : 23)

A continuación, el Corán instruye a sus seguidores a matar a toda persona que ose criticarlo o ponerlo en duda. Si alguien se atreve a responder al reto y produce una surah tan mal escrita como el Corán, se le acusará de burlarse del Islam, lo cual está penado con la muerte. En este ambiente de engaño y falta de sinceridad, la víctima es la verdad.

El dolor que se siente al estar cara a cara con la verdad y darse cuenta de que todo aquello en lo que creíamos eran mentiras es tremebundo. El único mecanismo, la única forma natural de responder a ello es la negación. La negación elimina el dolor. Es un dulce calmante, aunque sea la táctica del avestruz.

No se puede estar para siempre en este estado de negación. Pronto se hace de noche y la fría realidad te cala los huesos y te das cuenta de que te han expulsado del paraíso de la ignorancia. La puerta está cerrada y han tirado la llave. Sabes demasiado. Estás fuera de la ley. Con miedo, miras el sendero, oscuro y sinuoso, que a duras penas vislumbras en la penumbra de tu incertidumbre, y cautelosamente das un primer paso hacia un destino desconocido. Andas a ciegas, tanteando, intentando mantenerte centrado. Pero el miedo se apodera de ti y una y otra vez te precipitas de vuelta hacia el jardín, y te encuentras con la puerta cerrada.

La gran mayoría de musulmanes viven en un estado de negación. Permanecen detrás de la puerta cerrada. No pueden ni volver atrás ni se atreven a apartarse de ella. Los que están dentro del jardín son los que nunca han salido de él. Por esa puerta sólo se puede salir, no se puede entrar. Ese jardín maravilloso es el jardín de la certeza. Está reservado a los fieles, a los que no dudan, a los que no piensan. Se creen cualquier cosa. Serían capaces de creer que la noche es día y el día es noche. Se creerían que Mahoma ascendió al séptimo cielo, se encontró con Dios, partió la luna y conversó con los genios.

Como dijo Voltaire, quien cree en absurdos comete atrocidades. También creen que matar a los infieles es bueno, que los bombardeos son santos, que la lapidación es sagrada, que pegarle a la mujer es un mandamiento divino, que odiar a los no creyentes es la voluntad de Dios. Estos habitantes del paraíso de la ignorancia constituyen la mayoría. Los que dudan aún están en minoría.

Estos creyentes nunca verán la verdad si se mantienen permanentemente arropados en mentiras. Todo lo que han oído hasta ahora es la mentira de que el Islam es bueno y de que con tal que los musulmanes practicaran el auténtico Islam, el mundo se convertiría en un paraíso, que los problemas del Islam son culpa de los musulmanes. Es mentira. La mayoría de los musulmanes son buena gente. No son ni mejores ni peores que los demás. Es el Islam lo que los lleva a cometer atrocidades. Esos musulmanes que hacen cosas malas son los que siguen el Islam. El Islam alimenta el instinto criminal de la gente. Cuanto más islamista es una persona, más sedienta de sangre se vuelve, más instiga al odio, más se convierte en un zombie.

Yo quería negar lo que estaba leyendo. Yo quería creer que el auténtico significado del Corán es otra cosa, pero no podía. No podía seguir engañándome a mí mismo diciéndome que estos versos inhumanos estaban sacados de su contexto. El Corán no tiene contexto. Los versos se apelotonan al azar, a menudo sin coherencia.

Confusión

Aquellos que leen mis artículos y se sienten dolidos por lo que digo sobre el Corán tienen suerte. Me pueden echar la culpa a mí. Pueden odiarme, maldecirme y dirigir su odio hacia mí. Pero cuando yo leí el Corán y me enteré de su contenido, no pude echarle la culpa a nadie. Después de haber pasado por las fases de conmoción y negación, me sentía confundido y comencé a culparme a mí mismo. Me odiaba a mí mismo por pensar, por dudar, por encontrarle pegas a lo que yo consideraba que eran palabras divinas.

Como todos los demás musulmanes, yo estaba expuesto, y aceptaba, las muchas mentiras, las ideas absurdas e inhumanas. Yo me crié como persona religiosa. Me creí todo lo que me dijeron. Las mentiras me las administraron en pequeñas dosis, gradualmente, desde la infancia. Nunca me dieron una alternativa para comparar. Es como una vacuna. Yo era inmune a la verdad. Pero cuando comencé a leer el Corán en serio de principio a fin y comprendí lo que en realidad decía este libro, sentí náuseas. De repente, todas esas mentiras aparecieron delante de mí.

Las había oído todas y las había aceptado. Mi pensamiento racional estaba adormecido. Me había vuelto insensible a los absurdos del Corán. Cuando encontraba algo que no tenía sentido, lo ignoraba y me decía a mí mismo que no hay que perder la visión general. Sin embargo, la idílica visión general solamente se hallaba en mi mente. Yo me imaginaba un Islam perfecto. Por eso, todos los absurdos no me preocupaban, pues no les hacía caso. Cuando me leí el Islam entero descubría una imagen muy distinta a la que tenía en la mente. La nueva imagen del Islam que emerge de las páginas del Corán era violente, irracional, arrogante, estaba muy lejos del Islam como religión de paz, igualdad y tolerancia.

En vistas de estos muchos absurdos, lo tenía que negar para mantener la cordura. Pero, ¿por cuánto tiempo iba a ser capaz de seguir negando la verdad cuando estaba ahí, ante mí, tan clara como el sol? Estaba leyendo el Corán en árabe, o sea que no podía echarle la culpa a una mala traducción. Luego leí otras traducciones. Me di cuenta de que muchas traducciones al inglés no son del todo fiables. Los traductores habían hecho grandes esfuerzos por ocultar la inhumanidad y la violencia del Corán retorciendo las palabras y a veces añadiendo comentarios entre paréntesis para suavizar el tono áspero. El Corán árabe es más espeluznante que sus traducciones al inglés.

Estaba confundido y no sabía hacía dónde dirigirme. Había perdido la fe, mi mundo se había desmoronado. No podía seguir negando lo que estaba leyendo. Pero no podía aceptar la posibilidad de que todo fuera una gran mentira. ¿Cómo puede ser, me preguntaba una y otra vez, que tanta gente no haya visto la verdad y yo sí la vea? ¿Cómo era posible que grandes pensadores como Jalaleddin Rumi no hubieran visto que Mahoma era un impostor y el Corán un engaño, y que yo sí lo viera? Entonces fue cuándo pase a la fase de culpabilidad.

Culpa

La culpa duró meses. Me odiaba a mí mismo por tener esos pensamientos. Sentía que Dios estaba poniendo a prueba mi fe. Estaba avergonzado. Hablé con gente erudita en quienes confiaba, que no sólo tenían muchos conocimientos sino que yo también consideraba sabios. Oí muy poco que pudiera apagar el fuego dentro de mi. Uno de estos eruditos me dijo que estuviera un tiempo sin leer el Corán. Me dijo que rezara y que leyera sólo libros que fortalecieran mi fe. Lo hice, pero no sirvió de nada. Los pensamientos sobre los versos absurdos, a veces crueles y ridículos del Corán no se me iban de la cabeza. Cada vez que miraba mi estantería y veía el libro, sentía dolor. Lo escondí detrás de otros libros. Pensé, si estoy un tiempo sin pensar en ello, los pensamientos negativos se disiparán y recobraré la fe. Pero no se iban. Lo negué todo lo que pude, hasta que no pude más. Estaba conmocionado, confundido, me sentía culpable y era doloroso.

Este periodo de culpa duró demasiado. Un día decidí que ya estaba bien. Me dije a mí mismo que no era culpa mía. No voy a seguir cargando con esta culpa pensando en cosas que no tienen sentido para mí. Si Dios me dio un cerebro, es para que lo use. Si lo que yo percibo como correcto y como equivocado está distorsionado, no es culpa mía. Él me dice que es malo matar y yo sé que es malo porque yo no quiero que me maten. Entonces, ¿por qué este mensajero mató a tanta gente inocente y ordenó a sus seguidores que mataran a los que no creen? Si la violación es mala, y sé que es mala porque no quiero que le ocurra a las personas a las que quiero, entonces, ¿por qué el profeta de Alá violaba a las mujeres que capturaba en las guerras? Si la esclavitud es mala, y yo sé que es mala porque yo odio perder mi libertad y convertirme en un esclavo, entonces, ¿por qué le profeta de Dios esclavizó a tanta gente y se hizo rico vendiéndolos? Si es malo imponer una religión, y yo sé que es malo porque a mí no me gusta que otra persona me fuerce a aceptar una religión que yo no quiero, entonces ¿por qué el profeta alabó la yihad y exhortó a sus seguidores a matar a los no creyentes, a hacerse con su botín, y a distribuir sus mujeres y niños como trofeos de guerra? Si Dios me dice que algo es bueno, y yo sé que es bueno porque a mí me hace sentirme bien, entonces ¿por qué este profeta hacía lo contrario?

Desencanto

Cuando este sentimiento de culpa se desvaneció, dio lugar a consternación, desencanto o cinismo. Me arrepentí de haber desperdiciado tantos años de mi vida, y sentí lástima de todos los musulmanes que siguen atrapados en estas necias creencias, de todos los que han perdido la vida en el nombre de estas falsas doctrinas, de todas las mujeres en prácticamente todos los países islámicos, que sufren todo tipo de abusos y de opresión. Ni siquiera se dan cuenta de que se abusa de ellas.

Pensé en todas las guerras que se han librado en el nombre de la religión, de toda la gente que ha muerto por nada. Millones de creyentes abandonaron sus casas y sus familias para luchar en una guerra en el nombre de Dios, para no volver jamás, pensando que estaban difundiendo la fe en Dios. Masacraron a millones de inocentes. Se destruyeron civilizaciones, se quemaron bibliotecas, se perdieron tantísimos conocimientos, para nada. Recordé a mi padre que se despertaba de madrugada, haciendo vudú en el agua helada del invierno. Recordé que regresaba a casa hambriento y sediento durante el mes del ayuno, y pensé en los miles de millones de personas que se torturan a sí mismas de este modo, para nada. Fue decepcionante darme cuenta que todo en lo que yo había creído eran mentiras, que todo lo que había hecho había sido desperdiciar mi vida, que de hecho mil millones de otras personas siguen perdidas en este árido desierto de la ignorancia, persiguiendo un espejismo que les parece que es agua.

Antes, siempre había tenido en mente a Dios. Hablaba con él en la imaginación. Pensaba que Dios me estaba mirando y estaba teniendo en cuenta todos los actos buenos que yo realizaba. La sensación de que había alguien cuidando de mí, guiando mis pasos, era muy tranquilizadora. Era difícil de aceptar que no hay algo así como Alá, o que, incluso si hay un Dios, no es Alá. No dejé de creer en Dios, pero me había convencido de que si este universo tiene un creador, no puede ser la deidad de la que Mahoma había tenido una visión. Alá era ignorante. El Corán está lleno de errores. Ningún creador de este universo podría ser tan estúpido como lo resultaba ser el Dios del Corán. Alá no podía haber existido más que en la mente de un hombre enfermo. Comprendí que él no era más que un fruto de la imaginación de Mahoma, nada más. Cuál fue mi decepción al darme cuenta que todos estos años le había estado rezando a una fantasía.

Depresión

Este sentimiento de pérdida y decepción iba acompañado de una sensación de tristeza, una especie de depresión. Era como si todo mi mundo se hubiera venido abajo. Tenía la sensación de que el suelo que pisaba ya no estaba allí, que estaba cayendo en un pozo sin fondo. Sin exagerar, sentí que estaba en el infierno.

Me sentía confundido, necesitaba ayuda no había nadie que me pudiera ayudar. Me avergonzaba de mis pensamientos y me odiaba a mí mismo por pensar esas cosas. La culpabilidad iba acompañada de un profundo sentimiento de pérdida y de depresión. En general, yo soy una persona de pensamiento positivo. Veo el lado bueno de todas las cosas. Siempre pienso que mañana será mejor que hoy. No me deprimo con facilidad. Pero este sentimiento de pérdida me subyugaba. Todavía recuerdo el peso en mi corazón. Pensaba que dios me había abandonado y no sabía por qué. ¿Es esto el castigo divino? me preguntaba una y otra vez. No recuerdo haberle hecho nunca daño a nadie. Me esforzaba por ayudar, del modo que fuera, a quienquiera que se cruzara en mi camino y me pidiera ayuda. Entonces, ¿por qué quería dios castigarme de este modo? ¿Por qué no respondía a mis oraciones? ¿Por qué me ha dejado a merced de mí mismo y de estos pensamientos a los que no encontraba respuesta? ¿Está poniéndome a prueba? En ese caso, ¿dónde está la respuesta a mis oraciones? ¿Pasaría la prueba volviéndome estúpido y dejando de usar mi cerebro? Entonces, ¿para qué me había dado el cerebro? ¿Serían sólo los estúpidos los que pasaran la prueba?

Me sentía traicionado y violentado. No sé decir cuál era el sentimiento que predominaba. A ratos me sentía desilusionado, a ratos triste o consternado. Aunque la fe sea falsa, no deja de ser dulce. Creer es reconfortante.

Yuxtaponiendo mis sentimientos de tristeza y pérdida, me sentía liberado. Curiosamente, ya no me sentía ni confundido ni culpable. Estaba seguro de que el Corán era una estafa y Mahoma un impostor.

Para superar mi tristeza me intentaba mantener entretenido con otras actividades. Llegué a apuntarme a clases de baile y experimenté lo que significa estar vivo, estar libre de culpa, disfrutar de la vida y ser normal, sin más. Me di cuenta de cuánto había perdido y de que manera más necia me había privado a mí mismo de los placeres sencillos de la vida. Por supuesto que la negación es la manera en la que los cultos ejercen su control sobre los creyentes. Yo me había negado los placeres más sencillos de la vida, había vivido en perpetuo temor de dios, pensando que eso era lo normal. Estoy hablando de placeres como dormir por la mañana, bailar, tener citas, o beber un buen vaso de vino.

Ira

En ese momento, entré en otra fase de mi viaje espiritual hacia la ilustración. Me enojé. Me enojé por haber creído esas mentiras durante tantos años, por haber desperdiciado tantos años de mi vida persiguiendo un espejismo. Estaba enfadado con mi cultura por haberme traicionado, por los falsos valores que me había transmitido, con mis padres por enseñarme mentiras, conmigo mismo por no haberme puesto a pensar antes, por creerme sus mentiras, confiar en un impostor, con dios por abandonarme, por no intervenir y parar las mentiras que se diseminaban en su nombre.

Cuando veía las imágenes de los millones de musulmanes que, con tanta devoción, viajaban a Arabia Saudí, muchos de ellos gastando los ahorros de toda una vida para realizar el hajj, me enfadaba con las mentiras con las que habían engañado a esa gente. Cuando leía de alguien que se había convertido al Islam, algo que a los musulmanes les gusta publicitar, me enfadaba y entristecía. Me sentía triste por esa pobre persona y me enfadaba por las mentiras.

Me enfadé con todo el mundo que intenta proteger esta mentira, defenderla e incluso agredirte si alzas la voz para intentar transmitirles lo que sabes. No son solamente los musulmanes, sino incluso occidentales que no creen en el Islam. Se puede criticar cualquier cosa menos el Islam. Lo que más boquiabierto me dejaba, lo que más me alteraba, era la resistencia que me encontraba cuando intentaba decirle a los demás que el Islam no es la verdad.

Por fortuna, esta ira no duró por mucho tiempo. Yo sabía que Mahoma no era el mensajero de dios sino un charlatán, un demagogo cuya única intención era engatusar a la gente y satisfacer sus propias ambiciones narcisistas. Sabía que todas esas historias infantiles sobre un infierno de fuego abrasador y un cielo con ríos de vino, leche y miel y orgías eran devaneos de la mente enferma, salvaje, insegura de un hombre que tenía una desesperado necesidad por dominar y afirmar su propia autoridad.

Me di cuenta de que no podía enfadarme con mis padres, pues ellos habían hecho lo mejor de lo que eran capaces y me habían enseñado lo que ellos consideraban lo mejor. No podía enfadarme con mi sociedad o cultura porque esta gente estaba tan engañada como mis padres o como yo mismo. Tras meditarlo, me di cuenta de que todos eran víctimas. Hay mil millones más de víctimas. Incluso aquellos que se han convertido en agresores son a su vez víctimas del Islam. ¿Cómo podía culpar a los musulmanes si ellos no sabían qué representa el Islam y si creen, equivocada pero honestamente, que es una religión de paz?

Mahoma el narcisista

¿Y qué decir de Mahoma? ¿Debería enfadarme con él por mentir y engañar a la gente? ¿Cómo podría enfadarme con una persona muerta? Mahoma era un hombre emocionalmente enfermo que no se controlaba a sí misma. Se crió como huérfano a cargo de cinco padres de acogida hasta que alcanzó la edad de ocho años. En cuanto se encariñaba con alguien, se lo arrebataban a esa persona y se lo entregaban a otra. Debe haber sido duro para él, y perjudicial para su salud emocional. Siendo un niño que se vio privado del amor y del sentimiento de pertenencia, creció con fuertes sentimientos de miedo y falta de confianza en sí mismo. Se convirtió en un narcisista. Un narcisista es una persona que no ha recibido suficiente amor en la infancia, que es incapaz de amar, que en lugar de ello tiene una gran necesidad de atención, respeto y reconocimiento. El valor que se concede a sí mismo estriba en cómo le ven los demás. Sin ese reconocimiento, no es nadie. Se convierte en un manipulador y un mentiroso patético.

Los narcisistas son soñadores grandiosos. Quieren conquistar el mundo y dominar a todos. Su narcisismo sólo se satisface en su ensueños megalomaníacos.

Algunos famosos narcisistas fueron Hitler, Mussolini, Stalin, Saddam Hussein, Idi Amin, Pol Pot y Mao. Los narcisistas son inteligentes, pero emocionalmente inútiles. Son personas profundamente trastornadas. Se fijan a sí mismo metas muy elevadas, que siempre tienen que ver con el dominio, el poder y el respeto. No son nadie si no les hacen caso. A menudo buscan coartadas para imponer el control sobre sus victimas incautas. Para Hitler, era el partido y la raza, para Mussolini era el fascismo o la unidad de la nación contra otros, y para Mahoma era la religión. Estas causas no son más que herramientas en su búsqueda del poder. En lugar de promoverse a sí mismos, los narcisistas promueven una causa, una ideología, o una religión a la vez que se presentan a sí mismos como la única autoridad y el único representante de esas causas. Hitler no aspiraba a que los alemanes lo amaran a él como persona, sino que lo amaran y lo respetaran en cuanto Führer. Mahoma no podía pedirle a nadie que le obedeciera. Pero le resultaba fácil pedir a sus seguidores que obedecieran a Alá y a su mensajero. Obviamente, Alá era el alter ego de Mahoma, de forma que al final la obediencia era hacia él. De esta manera podía controlar la vida de todos diciéndoles que el era el representante de Dios y que lo que él decía era lo que Dios ordenaba.

El Dr. Sam Vaknin, autor de “Malignant Self Love – Narcissism Reinvented” lo explica así: “Todos somos narcisistas, en mayor o menor medida. El narcisismo es un fenómeno sano, ayuda a la supervivencia. La diferencia entre el narcisismo sano y el patológico es una cuestión de grado. El narcisismo patológico en su forma extrema, el desorden de personalidad narcisista, se caracteriza por una falta extrema de empatía. El narcisista ve y trata a las demás personas como objetos para ser explotados. Los usa para obtener su aporte de narcisismo. Cree que merece un tratamiento especial porque alberga esas grandiosas fantasías sobre sí mismo. El narcisista no es consciente de sí mismo, su cognición y sus emociones están distorsionadas. “

Lo anterior es una perfecta descripción de Mahoma. Mahoma era un hombre despiadado sin sentimientos. Cuando decidió que los judíos no le servían de nada, dejó de bajar la cabeza ante ellos y los eliminó a todos. Masacró a los hombres de Bani Qurayza y expulsó o mató a todos los demás judíos y cristianos de Arabia. Desde luego que si Dios quería destruir a estas personas no habría necesitado de la ayuda de su mensajero.

Así pues, vi que no había razones para estar enfadado con este hombre emocionalmente enfermo que murió hace mucho tiempo. Mahoma fue él mismo una víctima de la estúpida cultura de su pueblo, de la ignorancia de su madre, quien, en lugar de mantenerlo con ella durante los primeros años de su vida, cuando más necesitaba su amor, lo entregó a una mujer beduina para poder ella encontrar un nuevo marido.

Mahoma era un hombre con profundas cicatrices emocionales. El Dr. Vaknin afirma que un narcisista “se miente a sí mismo y a los demás, proyectando inmunidad emocional e invencibilidad.

Para un narcisista, todo es más grande que la vida. Si es cortés, lo es de forma agresiva: sus promesas son extravagantes, sus críticas violentas y ominosas, su generosidad desmedida.” ¿No es esa la imagen que el profeta proyectaba de sí mismo?

Yo no podía criticar o culpar a los árabes ignorantes del siglo VII por no ser capaces de darse cuenta de que Mahoma estaba enfermo y no era un profeta, de que sus promesas desorbitadas, sus impresionantes sueños de conquistar y someter las grandes naciones cuando él era un pobre diablo se debían a sus complicaciones emocionales patológicas y no a un poder divino. ¿Cómo podía culpar a esos árabes ignorantes por ser víctimas de un hombre como Mahoma si en el siglo pasado, millones de alemanes fueron víctimas del carisma de otro narcisista que, igual que Mahoma, hizo grandes promesas, siendo igual de cruel, manipulador y ambicioso como él?

Tras meditarlo bien, llegué a la conclusión de que no había una sola persona con quien pudiera enfadarme. Me di cuenta de que todos somos víctimas y agresores a la vez. La culpa es de la ignorancia. Por nuestra ignorancia creemos en los charlatanes y sus mentiras, y les permitimos difundir el odio entre nosotros en el nombre de falsas deidades, ideologías o religiones. El odio nos separa unos de otros, y evita que veamos que somos uno, que comprendamos que todos somos miembros de la raza humana, emparentados e independientes.

Fue entonces cuando mi ira cedió convirtiéndose en un profundo sentimiento de empatía, compasión y amor. Me prometí a mi mismo luchar contra esta ignorancia que divide a la humanidad. Hemos pagado, y seguimos pagando un precio muy alto por nuestra desunión. La desunión se debe a la ignorancia, y la ignorancia es el resultado de falsas creencias e ideologías perniciosas que han fabricado unos individuos emocionalmente enfermos en su propio beneficio.

Las ideologías nos separan. Las religiones provocan desunión, odio, luchas, matanzas y antagonismo. Como miembros de la raza humana, no necesitamos ideología, causa ni religión para estar unidos.

Me di cuenta de que el propósito de la vida no es creer, sino dudar. Me di cuenta de que nadie puede enseñarnos la verdad porque la verdad no se puede enseñar, sólo la puede experimentar uno mismo. En realidad, ninguna religión, filosofía o doctrina puede enseñarte la verdad. La verdad está en el amor que sentimos por los demás seres humanos, la risa de un niño, la amistad, el compañerismo, el amor de un padre o un niño, nuestra relación con los demás. La verdad no está en las ideologías. Lo único que es real es el amor.

Síntesis

El proceso que lleva de la fe a la ilustración es un proceso arduo y doloroso. Tomemos prestado un término del sufismo y llamémosle los siete “valles” de la ilustración.

La fe es un estado en el que uno está confirmado en la ignorancia. Continúas en ese estado de ignorancia dichosa hasta que una conmoción te hace salir de él. Esta conmoción es el primer valle.

La primera reacción natural es la negación, que actúa como una coraza: amortigua el dolor y te protege de la agonía que sientes fuera de tu terreno conocido. El terreno conocido es donde nos sentimos a gusto, donde todo nos resulta familiar, donde no nos encontramos con nuevos desafíos o con lo desconocido. Esto es el segundo valle.

El crecimiento no se produce en el terreno familiar. Para avanzar y evolucionar tenemos que salir del terreno familiar. Sólo lo haremos si sufrimos una conmoción. También es natural el fenómeno de la negación para amortiguar el dolor del golpe. En este momento necesitamos otro golpe, y tal vez nos protejamos de otra negación. Cuanto más expuesta está una persona a los hechos, cuanto más conmocionada está, más intenta protegerse a sí misma con más negaciones. Pero estas negaciones no eliminan los hechos, sólo nos brindan una protección momentánea. Cuando estamos expuestos a los hechos, llega un momento en que ya no podemos seguir negándolos. De repente, ya no podemos mantener nuestras defensas y se vienen abajo los muros de la negación. No podemos meter la cabeza en la arena indefinidamente. Una vez entra la duda, tiene un efecto dominó, y vemos que por todos los lados nos golpean los hechos que hasta ahora habíamos evitado y negado. Repentinamente, todos esos absurdos que aceptábamos e incluso defendíamos ya no nos parecen lógicos y los rechazamos.

Entonces es cuando vamos a parar a la dolorosa fase de confusión que es el tercer valle. Las antiguas creencias resultan irracionales, necias e inaceptables, pero no tenemos nada a qué agarrarnos. En mi opinión, este valle es la fase más terrible del recorrido que lleva de la fe a la ilustración. En este valle perdemos nuestra fe sin haber hallado la ilustración. Nos encontramos en ninguna parte. Estamos en caída libre. Pedimos ayuda pero todo lo que nos ofrecen es un refrito de clichés sin sentido. Parece que los que intentan ayudarnos están, a su vez, perdidos, y sin embargo están tan convencidos. Creen en lo que no conocen. Llevan a los demás el ejemplo de su fe. Pero la intensidad de la fe de otras personas no es prueba de la verdad de aquello en lo que creen.

Esta confusión finalmente da lugar al cuarto valle, la culpabilidad. Te sientes culpable por pensar. Te sientes culpable por dudar, por interrogarte, por no comprender. Te sientes desnudo y avergonzado de tus pensamientos. Te crees que es culpa tuya si los absurdos que aparecen en los libros sagrados no tienen sentido. Piensas que Dios te ha abandonado o que está poniendo a prueba tu fe. En este valle, estás destrozado por tus emociones y tu intelecto. Las emociones no son racionales, pero son extremadamente poderosas. Quieres volver al paraíso de la ignorancia, estás desesperado por volver a creer, pero no eres capaz. Has cometido el pecado de pensar. Has comido la fruta prohibida del árbol del conocimiento. Has provocado la ira del dios de tu imaginación.

Por fin, decides que no hay razón para sentirse culpable por haber comprendido. La culpa no es tuya. Te sientes liberado y al mismo tiempo consternado por todas esas mentiras que te mantuvieron en la ignorancia y por el tiempo desperdiciado. Este es el valle de la desilusión. Al mismo tiempo de atrapa la tristeza. Te sientes liberado, pero es como salir de la cárcel tras pasar allí toda la vida, un sentimiento de depresión se apodera de ti. Te sientes solo; a pesar de tu libertad, hay algo que echas de menos. Reflexionas sobre el tiempo que has perdido. Piensas en la mucha gente que cree, o creía, en este sinsentido y que de forma necia sacrifica, o ha sacrificado, todo por ello, incluso sus vidas. Las páginas de la historia están escritas con la sangre de las personas muertas en el nombre de Javé, Alá u otros dioses. Todo por nada. ¡Todo por una mentira!

Entonces entras en el sexto valle, el de la ira. Te enfadas contigo mismo y con todo lo demás. Te das cuenta de que has perdido gran parte de tu preciosa vida creyendo en tantas mentiras.

Luego tomas conciencia de que eres afortunado porque has llegado hasta aquí, mientras que hay otros, miles de millones, que todavía están intentando escudarse con negaciones, sin salir del terreno familiar. Siguen vagando por el cenagal del primer valle. En esta fase, cuando estás completamente libre de la fe, de la culpa y de la ira, estás preparado para comprender la verdad última y desentrañar los misterios de la vida. Estás desbordante de empatía y compasión. Estás listo para ser iluminado. La iluminación te llega cuando te das cuenta de que la verdad está en el amor y en nuestra relación con los demás humanos, no en la religión o en un culto. Te das cuenta de que la Verdad es una tierra sin caminos. Ningún profeta, ningún gurú, te puede llevar allí. Ya estás allí.

En esta odisea, no estás solo. Hay un compañero gruñón que no se aparta de ti. Intenta poner freno a tus avances, intenta evitar que sigas adelante. Es tu temor: el temor al castigo, al infierno, a lo que viene después de la muerte. Es completamente irracional, pero te controla y actúa sobre tu mente subconsciente a cada paso de tu camino. El paso de la fe a la ilustración es arduo y no serás capaz de dar el primer paso si no puedes librarte de tu temor. Sólo estarás completamente libre del miedo cuando llegues a tu destino y seas ilustrado. Entonces rompes la cadena del miedo y adquieres las alas de la ilustración. Esa es la auténtica liberación.


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