Retrato neuronal del abusador

Neurociencias. Un equipo de científicos en la Universidad de Chicago ha elaborado un estudio que confirma resultados anteriores sobre el nacimiento de la crueldad y la agresión extremas en el cerebro de personas abusivas.

Para la mayoría en esta especie nuestra, Homo sapiens, la observación de dolor genera sentimientos de empatía que permiten que nos pongamos en los zapatos de la víctima. Es una respuesta automática que ha adquirido el cerebro durante millones de años de evolución pero que alcanzó su máxima expresión en los primates, específicamente en lois humanos, debido a la extrema importancia que la socialización tiene en nuestras existencias. En estudios anteriores que hemos publicado aquí en El Caribe, investigadores han observado áreas de empatía en el cerebro que suelen activarse cuando personas “normales” miran videos violentos donde individuos infligen dolor en otros.

De hecho, es algo que notamos durante nuestras vidas. En todo conglomerado de personas encontraremos una minoría que muestra más agresividad. El espectro de esta ira también varía entre este subconjunto de personas, a tal punto, que algunos rayan en el abuso y hasta parece que disfrutan del sufrimiento de los demás.

Es el temido abusador en los colegios, el dirigente injusto en la oficina o la joven resentida en su círculo de amigos. Personas a las que la crueldad les va como anillo al dedo y que, de acuerdo con nuevas investigaciones, tienen problemas cerebrales a la hora de procesar estos sentimientos de empatía hacia otros animales, tanto en su misma especie como en las demás.

Como en todos estos estudios neurológicos, las máquinas de resonancia magnética funcional es la herramienta principal. Es la forma en que los científicos pueden observar la actividad cerebral (cuando una región trabaja necesita oxígeno, para ello demanda sangre, lo que el MRIf registra) y comparar esta acción con el conocimiento actual de cada área neuronal y sus funciones.

“Es la primera vez que hemos estudiado, usando las máquinas de resonancia, estas situaciones que, por lo general, provocan empatía en otros. Es un trabajo que, decididamente, nos ayudará a comprender el origen de la conducta en jóvenes extremadamente agresivos. Esperamos que nos muestre el camino hacia una terapia efectiva”, expresó el autor principal del estudio, John Decety, profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Chicago.

No es la primera vez que Decety estudia la empatía, pero sí es la primera vez que observa placer donde debe haber pena. “Estos jóvenes que muestran crueldad muestran una actividad distinta en el cerebro. Cuando veían los videos de personas en sufrimiento por culpa de otros, la región de la recompensa se iluminaba. Y eso no es normal”, explicó.

Empatía y neurociencia social

Decety es un experto internacional en la conducta social en los seres humanos y ha analizado varios experimentos sobre la empatía. “Nuestra investigación indica que el impulso natural de empatía en algunos jóvenes sufre una intensa interrupción que aumenta en ellos la agresión”, dijo para EurekAlert. El equipo de Decety confirma que este desorden de exceso de agresión es una conducta atípica y que tiene su origen en el cerebro. “Los adolescentes agresivos mostraron una activación aguda y específica en la amígdala cerebral y en el estriatum ventral, un área que ha sido vinculada con el sentimiento de haber sido recompensado, lo que sugiere que estos jóvenes sienten placer cuando ven a otros sufriendo”, explicó Banjamin Lahey, coautor del estudio y profesor de epidemiología y psiquiatría de la misma universidad.

La crueldad hacia los demás

Nuestra especie es básicamente social. La cultura y la presión de nuestros grupos, es tan importante para la supervivencia, que muchos científicos creen que han sustituido a la selección natural en el complejo proceso de la evolución biológica. La empatía, por tanto, es una forma de proteger los lazos sociales al provocar sentimientos de tristeza y dolor cuando vemos a otras personas sufriendo. Cualquier conducta que ponga en peligro esta relación de confianza, puede ser considerada anómala, aunque no sin sus bases biológicas para aparecer. En el estudio, jóvenes entre 16 y 18 años de edad, con desorden de agresividad, vieron videos donde personas infligían dolor en otros. El grupo control, que sirve de regla de comparación, no mostró actividad en estas áreas sino en los lugares que producen dolor y pena.


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