Buscando una ética naturalista

originalmente publicado en el blog “Confesiones” del diario El Tiempo

“Todo lo moralmente justo deriva de una de estas cuatro fuentes: la percepción plena o la deducción inteligente de lo que es cierto, la preservación de una sociedad organizada donde cada hombre reciba lo que merece y todas las obligaciones sean fielmente cumplidas, la grandeza y la fuerza de un espíritu noble e invencible, o el orden y la moderación en todo lo dicho y hecho, es decir, la templanza y el dominio de uno mismo”.

—Cicerón

¿Ha considerado alguna vez qué pensaría un pastor de ovejas del siglo primero si le fuera posible vivir en nuestro tiempo? Qué pensaría de obtener agua potable en casa girando una palanca, de curar enfermedades terribles inyectando un líquido, de viajar mucho más rápido que un caballo o más alto que un águila, de armas capaces de destruir millones de personas en un instante, de recibir órganos de repuesto cuando fallan los propios, de obtener en segundos toda la información que queramos en un recuadro luminoso y colorido?

La brecha de 2000 años podría hacer que nos viera como seres mágicos, con poderes sobrenaturales más allá de su comprensión. Para nosotros sería difícil entender cómo nuestra especie no se ha extinguido si nuestros ancestros vivieron con tantas limitaciones. La humanidad tras 1000 años de estancamiento medieval, ha llegado a sociedades cada vez más concientes de la necesidad de la convivencia sana y la solidaridad con el sufrimiento ajeno.

Contrario a lo que se pueda pensar desde una perspectiva confesional, nuestros principios éticos tienen fuertes componentes evolutivos y sociales que reflejan los consensos del “espíritu de la época”. Son ejemplos de esto los códigos éticos de Asoka en India, Hammurabi en Babilonia, Licurgo en Esparta o Solón en Atenas, que en su momento imperaron en civilizaciones desarrolladas, pero que con el pasar del tiempo demostraron estar equivocadas en el entendimiento de la naturaleza humana y fueron finalmente descartados. [1].

Un seguimiento detallado de la evolución del comportamiento biológico social ha encontrado que, características de la moral consideradas exclusivamente como humanas son ubicuas en la naturaleza; la reciprocidad, el orden social, la reconciliación, la empatía y la búsqueda de paz pueden observarse en muchos animales gregarios como los chimpancés y los delfines. En su libro “Primates y Filósofos”, Frans de Waal plantea que todos los animales sociales han tenido que restringir o modificar su comportamiento en diversas formas para garantizar la convivencia y la supervivencia. Estas restricciones y comportamientos que hemos heredado de nuestros ancestros homínidos, ahora hacen parte del conjunto de actitudes a partir de las cuales se ha forjado la moral humana. [2]

Una de las actitudes más importantes heredadas de nuestros ancestros es la confianza inmutable que tenemos durante nuestra infancia en todo lo que nos dicen nuestros padres o personas de autoridad, ya que ofrece una ventaja selectiva frente a los riesgos que representa existir en nuestro medio. Ante una situación crítica, un niño puede experimentar con los peligros que esto implica o hacer caso a sus padres. Es por eso que aprendemos que los cuchillos cortan, los automóviles atropellan, o que si nos caemos por las escaleras nos podemos romper algún hueso. En un momento dado el niño acepta sin cuestionar y el padre transmite su “conocimiento útil” sobre lo que está bien o está mal, sobre cómo comportarse de acuerdo a lo que es aceptado socialmente, pero también le transmite sus prejuicios, tabúes y equivocaciones. De esta forma se fabrican falsas necesidades en la mente infantil que ha sido debilitada racionalmente; ideas extrañas como la existencia de seres imaginarios como Papá Noel o los ángeles que nos protegen, la vida después de la muerte y el castigo en el fuego eterno, se aceptan sin evidencia o a pesar de la evidencia, con el argumento de que “ciertas cosas no están destinadas para ser entendidas con la razón”. Este niño al volverse adulto, transmitirá este “conocimiento útil” a la siguiente generación, afianzando de esta forma conceptos que si bien son fáciles de refutar, son difíciles de erradicar. [3]

Durante siglos, se presenta la idea de que nuestros sistemas morales se centran en un ser superior perfecto, un padre, un amigo que todo lo puede y que todo lo sabe, que nos escucha y nos protege, sin el cual estaríamos perdidos como criaturas imperfectas que somos. Esta sublimación de nuestras ideas de infancia sirve de base para las clases sacerdotales, que regulan e interpretan los designios celestiales, reciben el entendimiento como revelación pero que también han fomentado en algunos casos y por muchos siglos, los crímenes más horrendos y la más oscura de las ignorancias.

Desde el interior de comunidades religiosas han salido personajes que, insatisfechos con la verdad contenida en las revelaciones y la incoherencia de sus dogmas, deciden utilizar su capacidad intelectual para solucionar la gran variedad de inquietudes sobre el universo y el funcionamiento de la vida. Galileo, Newton y Darwin, entre otros, son ejemplos de personas con fuertes creencias religiosas que, con pequeños pasos pero con una perseverancia envidiable, ayudaron a construir el cuerpo de conocimiento que en los últimos 500 años ha dado lugar a muchas de las comodidades y a la calidad de nuestra vida moderna.

La formidable característica autocorrectora que posee la ciencia, le permite avanzar y descartar planteamientos considerados válidos en algún momento, pero que la evidencia refuta. Es ahora que entendemos con mucha claridad y sin mayor esfuerzo, que la tierra no es plana, que no es posible caminar sobre el agua, que las personas de distintas fisionomías no son inferiores o superiores, que los partos virginales son fisiológicamente imposibles… En el futuro, nuevos descubrimientos permitirán entender fenómenos de la naturaleza que hoy consideramos mágicos o causados por un poder supremo indiferente.

Que una persona sea racional y entienda el funcionamiento de su entorno no quiere decir que se ha deshumanizado. Todos por igual, independiente de credo religioso, nivel de educación o cultura, hemos experimentado sensaciones sublimes como el amor, el éxtasis, la pasión o la admiración, pero también trágicas como la tristeza o el sufrimiento. Este nivel de espiritualidad podrá dirigir eventualmente nuestro comportamiento en sociedad, pero en definitiva no explicará la naturaleza de la realidad.

Recientemente se ha logrado investigar científicamente la ética. A través del análisis estádistico de las respuestas ante dilemas moralmente complejos, se han logrado identificar reglas éticas establecidas evolutivamente en nuestro cerebro, permitiendo la elaboración de patrones que se puedan aplicar en el manejo de conflictos y negociaciones. El más notorio es el experimento ético del Dilema del Tranvía [4], en el cual se plantea en palabras simples:

Un tranvía corre fuera de control por una vía. En su camino, un filósofo malvado ha atado cinco personas a la vía. Afortunadamente, es posible accionar un botón que encaminará al tranvía por una vía diferente pero por desgracia, hay una persona atada a esta vía. ¿Debería presionarse el botón?

Casi la totalidad de las personas que escuchan este planteamiento concuerdan en que es permisible presionar el botón. A pesar de que aquellas con formación ética religiosa se vean renuentes a actuar, la gran mayoría siente que esta acción no es solo permisible, sino, moralmente hablando, la mejor opción (siendo la otra opción matar negligentemente a cinco personas). Este resultado se repite constantemente independiente de la cultura, el nivel de educación o el credo religioso profesado. Esto es indicio de que sí es posible considerar un modelo ético mínimo en el cual no es necesario la presencia de dioses que intervengan en nuestro comportamiento.

Nuestro comportamiento social no se puede regular por la teoría de la relatividad o las leyes de la termodinámica. Es insensato pensar que la ciencia y la razón pueden ser utilizadas como un sistema moral idóneo, pero como se ha mostrado, sí nos proporcionan herramientas para conocernos mejor, entender nuestras actitudes, mirar con claridad y sin prejuicios, nuevos principios éticos objetivos que puedan ser evaluarlos por su capacidad para mejorar el bienestar de la comunidad.

En un ejercicio claro de honestidad intelectual, el uso de la razón nos ha permitido tener conciencia de las responsabilidades que tenemos como miembros de la sociedad, hemos podido aprender que nuestras libertades llegan hasta los límites establecidos por los derechos de los demás. En claro avance con respecto a épocas de una fe ciega dominante e incuestionable, nuestra libertad se ha desarrollado sensatamente, se modera y se somete a sistemas éticos incluyentes que regulan el comportamiento humano, terrenal y actual sin contemplaciones hacia los valores míticos sobrenaturales.


Notas

[1] SAGAN, Carl. Miles de Millones. Capitulo 16. Las reglas del Juego. Ediciones B. 1998
[2] DE WAALS, Frans. Primates y Filósofos: Como evolucionó la moral. Princeton University Press. 2006
[3] DAWKINS, Richard. El Espejismo de Dios. Capítulo 5: Los orígenes de la religión. Editorial Houghton Mifflin. 2006
[4] Para conocer mas detalles de este ejercicio ético, puede consultar en Wikipedia sobre el Dilema del tranvía.

Juan Darío Rodas es miembro de Escépticos Colombia.


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